El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía me produjeron tal efecto, que pasó algún tiempo antes de poder hallar una respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra y le dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al pueblo y denunciarle al alcalde para que le castigase a toda costa. A esto replicó:
—Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca de Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta espuela a la jaca; porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce leguas largas a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí a Finisterre, tampoco es grano de anís. Con este hombre no tenga usted cuidado: es el mejor guía de Galicia, habla inglés y francés, y le servirá de agradable compañía.
Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al individuo aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me parecía un tunante en toda la extensión de la palabra, tan buena era la compañía de cualquier otra persona como la suya. Manifesté, pues, mi resolución de seguir adelante, y le dije que se volviera, y le conjuré por Dios a que se arrepintiese de sus culpas. Vencedor en este punto, pensó sacar nuevas ventajas; se colocó a una vara delante de la jaca, y me dijo que el precio que yo me había comprometido a pagar por el alquiler de la jaca (todo lo que me pidió, dicho sea de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle dos duros más, pues sin duda estaba loco o borracho al hacer el trato conmigo. La cólera me dominó por completo, y sin pararme a reflexionar metí espuelas a la jaca, que le derribó en el polvo y le pasó por encima. A cien varas de distancia volví la cabeza y le vi en pie en el mismo sitio, el sombrero caído en el suelo, y sin dejar de mirarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o lo que fuese, lejos de socorrer a su principal, en cuanto la jaca se movió echó a correr a su lado, sin proferir palabra ni hacer otro comentario que golpearse vigorosamente un muslo con la mano derecha. No tardamos en pasar de Esclavitud, y un instante después volvimos a la izquierda, metiéndonos por un sendero desigual y pedregoso que llevaba a unos maizales. Pasamos junto a varias caserías, y llegamos al fin a una cañada, cuyas laderas estaban cubiertas de robles enanos y que descendía suavemente hasta un riachuelo obscuro, sombreado por los árboles, que atravesamos por un tosco puentecillo. Ya entonces había tenido tiempo de examinar detenidamente de pies a cabeza a mi singular compañero. Su estatura, estirándose todo lo posible, quizás hubiera llegado a cinco pies y una pulgada, pero el hombre tenía cierta tendencia a encorvarse. La naturaleza le había dotado de inmensa cabeza, poniéndosela a ras de los hombros, porque entre las piezas que entraron en su composición faltó, por lo visto, un cuello. A los lados se balanceaban unos brazos largos y musculosos. Era, en conjunto, de armazón tan fuerte y sólida como la de un atleta. Sus piernas eran cortas, pero muy ágiles, y su rostro, largo, largo, hubiera guardado cierta remota semejanza con un rostro humano a no haber la boca tuerta y los anchos ojos parados usurpado su sitio natural a la nariz, que era casi invisible. Su vestido se componía de tres prendas: sombrero portugués, ancho de copa y angosto de alas, viejo y andrajoso; una especie de camisa y unos calzones de tela burda. Quise trabar conversación con él, y, recordando lo que el alquilador me había dicho, le pregunté en inglés si había trabajado siempre en el oficio de guía. Al oírme volvió los ojos hacia mí con expresión singular, y clavándomelos en el rostro soltó una risotada, dió un salto y palmoteó tres veces por encima de su cabeza. Comprendí que no me había entendido; repetí la pregunta en francés, y me respondió de nuevo con la risa, el salto y las palmadas. Al cabo, en mal español, dijo:
—Mi amo, hable en español, por amor de Dios, y le entenderé a usted, y mejor aún si habla en gallego; pero no puedo prometerle otra cosa. Oí lo que le decía el alquilador; pero es el mayor embustero de la tierra, y le engañó a usted en eso, como al prometerle que le acompañaría. A su servicio estoy por mis pecados; pero en mal hora dejé el profundo mar y me dediqué a guía.
Me contó que era de Padrón, marinero de oficio, y que había pasado la mayor parte de su vida en la escuadra española; sirviendo en ella, visitó Cuba y otras muchas partes de la América española.
—Cuando mi amo—continuó—le dijo a usted que yo sería un buen compañero de viaje, le dijo la verdad, la única verdad que ha salido de su boca en un mes; mucho antes de llegar a Finisterre se habrá usted alegrado de que el criado, y no el amo, haya venido con usted; mi amo es muy torpe y muy pesado, y yo soy como usted ve.
Dió dos o tres saltos mortales, volvió a reírse a carcajadas y a palmotear.
—Seguramente no se figura usted—continuó—que ayer vine de La Coruña con esa jaca y muy buena carga; llegamos a Padrón a las dos de la madrugada, y a pesar de eso la jaca y yo estamos dispuestos a hacer este nuevo viaje. Como dice mi amo, no tenga usted cuidado; nadie ha tenido queja de la jaca ni de mí.
Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de una montaña.
—Este pueblo—dijo el guía—se llama Los Angeles, porque su iglesia la hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieren una barra de oro traída del cielo y que había servido de viga en la propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la catedral de Compostela.