Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía unos baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el Noroeste, dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a nuestra derecha, en la otra orilla de un valle espacioso, corría una elevada cadena de montañas, que iba a enlazarse con las del Norte de Santiago. En la cima de esa cadena alzábanse unas torres almenadas, llamadas de Altamira, al decir de mi guía, restos de un antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en otro tiempo la residencia principal que los condes de ese título tenían en la provincia. Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a una región más alta. La subida nos costó cerca de media hora, y las dificultades del terreno eran tales, que más de una vez me alegré de haber dejado nuestros caballos y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada a los caminos, trepaba con mucho ánimo, y nos puso al fin sin daño en lo alto de la subida.
Allí entramos en una choza gallega para reponer nuestras fuerzas y las del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos bípedos nos regalamos con broa y aguardiente, servidos por una mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar el aspecto del país, y al volver encontré al guía profundamente dormido en el banco donde le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con la espalda apoyada en la pared y las piernas colgando a unas tres pulgadas del suelo, porque eran demasiado cortas para llegar a él. Cinco minutos lo menos estuve contemplando su reposo, tan profundo y tranquilo como el de la muerte. Su rostro me recordaba mucho esas singulares fisonomías de santos y monjes que a veces se encuentran en las hornacinas de los muros de los conventos en ruinas. No había ni el más ligero vislumbre de vitalidad en su semblante, que por el color y la rigidez pudiera parecer de piedra, tan informe y tan tosco como una de esas cabezas de piedra de Icolmkill que han desafiado las intemperies de doce siglos. Mirándole estuve hasta que empecé a sentir cierta alarma, pensando que la vida podía haber huído de aquella maltrecha y extenuada máquina. Le sacudí con fuerza por un hombro, y lentamente se despertó, abrió los ojos asombrado y luego los cerró. Durante unos momentos no supo, con toda evidencia, dónde estaba. Le di voces preguntándole si pensaba pasarse el día durmiendo en lugar de llevarme a Finisterre; al oírme se dejó caer sobre las piernas, arrebató el sombrero que yacía en la mesa, y en el acto salió por la puerta corriendo y gritando:
—Sí, sí, ya me acuerdo; sígame, capitán, y le llevaré a Finisterre en un vuelo.
Le seguí con la vista y tomó a todo correr la misma dirección que antes traíamos.—Espera—le grité—; espera. ¿Me vas a dejar aquí con la jaca? Espera; aún no hemos pagado el gasto. Espera.—Pero no volvió la cabeza ni un instante, y en menos de un minuto se perdió de vista. La jaca, atada al pesebre en un rincón de la choza, comenzó a dar relinchos terroríficos, a manotear y a erizar la cola y la crin de un modo extraño. Tanto tiraba del ramal, que temí que se estrangulara.
—¡Mujer!—exclamé—, ¿dónde anda usted y qué significa todo esto?
Pero la huéspeda había desaparecido también, y aunque recorrí la choza, dando fuertes voces, no obtuve respuesta.
Continuaban los relinchos de la jaca, y los tirones que daba del ramal eran cada vez más fuertes.
—¿Estoy rodeado de locos?—grité, y arrojando sobre la mesa una peseta desaté el caballo e intenté ponerle el bocado, pero no lo conseguí. Apenas solté el ramal comenzó la jaca a tirar hacia la puerta, a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.—Si te escapas—dije—mi situación va a ser divertida—. Pero todo tiene remedio: de un brinco monté en la silla, y un instante después el animalito me llevaba, en rápido galope, por un camino que supuse sería el de Finisterre.
La situación, divertida para el lector, era para mí bastante apurada. Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno de gobernarlo, a todo correr por un camino peligroso y desconocido. No parecía ni rastro del guía, ni encontré a nadie a quien pedir noticias. La verdad es que, dado caso de alcanzar a un pasajero o de cruzarme con él, apenas habría tenido tiempo de dirigirle la palabra: tan veloz era la carrera del caballo. «¿Estará este animal enseñado a estas cosas?—pensaba yo—. ¿Me llevará a una cueva de ladrones, que me corten el cuello? ¿No hace más que seguir, por instinto, a su amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones. La velocidad de la jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino. Miró en torno con inquietud; al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al suelo, y de pronto se tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. No me hice daño, y al instante aproveché la ocasión para ponerle el bocado, que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me puse a buscar el camino.
No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol, ya muy alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y mujeres, que me miraba sorprendida, maravillándose probablemente de que una persona como yo anduviese sin guía por tales sitios. Pregunté a dos mujeres si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o no quisieron entenderme, y, luego de cambiar entre sí unas pocas palabras en uno de los cien dialectos de Galicia, siguieron su camino. Después de atravesar el descampado, llegué de improviso a un convento al borde de un profundo barranco, por cuyo fondo corría un rumoroso arroyo.