El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y obscura. El convento, muy capaz, parecía abandonado. Pasé junto a él, y al instante llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras, como el convento, pues no hallé ser viviente, ni siquiera un perro que me saludara con sus ladridos. Me detuve en una fuente de piedra, que vertía sus aguas en una pila. Sentada en la pila, con los brazos caídos y los ojos clavados en la montaña vecina, estaba una figura humana, que aún se presenta frecuentemente a mi fantasía, sobre todo cuando duermo y me oprime una pesadilla: era mi fugitivo guía.

Yo.—Buenos días tenga usted, caballero. El tiempo está caluroso, y ese agua exquisita convida a beberla. Tentado estoy de apearme y regalarme con un trago.

El guía.—Su merced no puede hacer mejor cosa. Hace mucho calor, en efecto; lo mejor es que beba un poco de agua. También yo acabo de beber. Pero le aconsejo que no dé agua al caballo: está jadeante y muy sudado.

Yo.—Ya puede estarlo. He venido galopando lo menos dos leguas en busca de un individuo que se comprometió a llevarme a Finisterre, pero que me ha abandonado de la manera más extraña del mundo; tanto, que he llegado a creer que era un bandido, no un hombre honrado ¿No le ha visto usted, por casualidad?

El guía.—¿Qué señas tiene?

Yo.—Es bajo, grueso, muy parecido a usted, giboso y, con perdón de usted, muy feo.

El guía.—¡Ja, ja! Le conozco. Hemos venido corriendo juntos hasta la fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese hombre no es un ladrón; si algo es, es un nuveiro, un hombre que anda por las nubes, y que, a veces, un soplo de viento se lo lleva. Si alguna vez vuelve usted a viajar con ese hombre, no le permita usted beber más de una copa de anís cada vez; de lo contrario, se subirá a las nubes, le dejará a usted y andará por ahí corriendo hasta que dé con un arroyo, o pegue con la cabeza en una fuente; entonces, con un trago, vuelve a ser lo que era. ¿De manera, señor caballero, que va usted a Finisterre? Pues vea usted qué rareza: un caballero muy parecido a usted me ajustó esta mañana para que le llevara allí también; pero se me ha perdido en el camino. Me parece lo mejor que continuemos juntos hasta que encuentre usted a su guía y yo a mi amo.

Podían ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo y ruinoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guía, puente de Don Alonso. Atravesaba una ensenada, o más bien ría, porque el mar no estaba lejos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad de Noya.

—Cuando atravesemos el puente, capitán—dijo el guía—, llegaremos a país desconocido, porque yo no he pasado nunca de Noya, y de Finisterre, no sólo no he estado allí nunca, pero ni siquiera he oído hablar. He preguntado a dos o tres personas, desde que nos pusimos en camino, y saben tanto como yo. Sin embargo, bien mirado todo, creo que lo mejor es seguir hasta Corcubión, a unas cinco leguas de aquí, adonde quizás lleguemos antes de cerrar la noche si damos con el camino o encontramos quien nos guíe; porque, como ya le he dicho, yo lo desconozco en absoluto.

—En buenas manos he caído—respondí—. Creo, en efecto, que lo mejor es ir a Corcubión, y allí quizás sepamos algo de Finisterre y se encuentre un guía que nos lleve.