Entonces, con nuevos brincos y cabriolas, echó a andar con paso rápido, deteniéndose a veces en una choza con el propósito de adquirir informes, supongo yo, aunque apenas entendí una palabra de la jerga en que él y sus interlocutores hablaban.
A poco llegamos a un terreno por demás agreste y montuoso. Subimos y bajamos barrancos; vadeamos arroyos, y nos arañamos la cara y las manos en las zarzas, deteniéndonos a veces a coger moras silvestres, de que había cosecha abundante. Por camino tan duro avanzábamos muy despacio. La jaca iba detrás del guía, tan pegada a él, que casi le tocaba en el hombro con el hocico. El país era cada vez más agreste, y una vez que dejamos atrás un molino, ya no vimos rastro de vivienda humana. El molino estaba en el fondo de una hondonada, sombreada por grandes árboles, y sus ruedas, al girar, hacían un ruido triste y monótono.
—¿Llegaremos a Corcubión esta noche?—pregunté al guía cuando, al salir del valle, nos encontramos en un descampado sin límites, al parecer.
El guía.—No; no podemos, y este descampado no me gusta nada. El sol va a ponerse en seguida, y entonces, como haya niebla, nos encontraremos a la Estadea.
Yo.—¿Qué es eso de la Estadea?
El guía.—¡Qué es eso de la Estadea! ¿Me pregunta mi amo qué es la Estadinha? No me he encontrado a la Estadinha más que una vez, y fué en un sitio como éste. Iba yo con unas mujeres, y se levantó una niebla muy espesa. De pronto empezaron a brillar encima de nosotros, entre la niebla, muchas luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido tremendo, y las mujeres se cayeron al suelo, gritando: ¡Estadea, Estadea! Yo también me caí y gritaba: ¡Estadinha! ¡Estadinha! La Estadea son las almas de los muertos que andan encima de la niebla con luces en las manos. Con franqueza, mi amo, si encontramos a las almas, me escapo y no paro de correr hasta tirarme de cabeza al mar. Esta noche ya no llegamos a Corcubión; mi única esperanza es que encontremos por aquí una choza donde podamos defendernos de la Estadinha.
La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado; pero no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la provincia más agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si sabíamos adónde íbamos, porque el guía me dijo repetidas veces que no creía en la existencia de un lugar llamado Finisterre, y de existir, sería alguna montaña solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a reflexionar sobre el carácter de mi guía, no encontraba grandes motivos de tranquilidad ni de aliento; en el caso más favorable, era evidentemente un hombre medio tonto, sujeto, por confesión propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban esencialmente de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas, aquella misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su loco y supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre ni en el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio y rompernos la nuca. Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado parecía interminable, y por él anduvimos hasta que se puso la luna, dejándonos en casi total obscuridad.
Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual subía un agrio sendero.
—¿Será este nuestro camino?—pregunté al guía.
—No nos queda otro, capitán—respondió el hombre—. Subiremos, y cuando estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca.