Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al hombro de su amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia, agarrado con la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos traspiés y más de una caída; cierta vez rodamos todos por la falda del cerro. A los veinte minutos llegamos a la cima; miramos en torno, pero no vimos el mar; un páramo obscuro, apenas entrevisto, se extendía al parecer por todos lados.

—Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana—dije yo.

De pronto mi guía me tomó una mano.

—Allí hay lume, senhor—decía—; allí hay lume.

Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un rato, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un débil resplandor.

—Eso es lume—exclamó el guía—, y procede de la chimenea de una choza.

A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que nos encontramos en medio de seis o siete chozas negras.

—Llama a la puerta de una cualquiera—dije al guía—y pregunta si pueden darnos asilo por esta noche.

Así lo hizo, y al instante apareció un hombre con una tea encendida en la mano.

—¿Puede usted guarecer a un cabalheiro contra la noche y la estadea?—preguntó el guía.