—Sí puedo, gracias a Dios—dijo el hombre.
Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en conjunto, le encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos de Munster.
—Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acomodarlos a ustedes y también a la cabalgadura.
La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos: en el primero había hierba, en el segundo estaban las vacas, y en el tercero la familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos había abierto y de su mujer e hijos.
—Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos de Corcubión—dijo el hombre en regular español—. ¡Ah! Ustedes los catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las costas gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del país.
No tengo, en cualquiera circunstancia, el menor inconveniente en pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente tan salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su error y empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en Galicia y del impuesto sobre la sal. El guía me miró un momento con expresión singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada; se dió un palmetazo en el muslo, como de costumbre, y pegó el brinco que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe que aún faltaban dos leguas hasta Corcubión, y que el camino, entre cerros y páramos, era difícil.
Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos que sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una larga conversación; pero como hablaban en gallego no pude entenderlos. Creo que principalmente se referían a brujas y hechicerías, porque nombraban mucho la estadea. Después de la cena pregunté dónde podría descansar; el huésped me señaló una trampilla en el techo, diciendo que encima había un desván a propósito para dormir, y en él encontraría paja limpia. Por pura curiosidad pregunté si no había en la choza ninguna cama.
—No—replicó el hombre—; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me he acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo o en la paja con el ganado.
Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una escalera al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por almohada y me tendí en las tablas, prefiriéndolas por más de un motivo a la paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente aquella hablar en gallego, y entre los intersticios del piso veía los resplandores de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco; el fuego se fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me adormecí de nuevo, y caí por último en profundo sueño, del que sólo desperté al segundo canto del gallo.