CAPÍTULO XXX
Mañana de otoño.— El fin del mundo.— Corcubión.— Duyo.— El cabo.— Una ballena.— La bahía exterior.— La detención.— El pescador alcalde.— Calros Rey.— Un incrédulo.— ¿Dónde está el pasaporte?— La playa.— Un liberal influyente.— La criada.— El gran «Baintham».— Un libro sin par.— Hospitalidad.
Hacía una hermosa mañana de otoño cuando salimos de la choza y proseguimos el viaje a Corcubión. Gratifiqué al huésped con un par de pesetas, y me pidió por favor que si regresábamos por el mismo camino, y la noche nos sorprendía, no dejáramos de buscar albergue bajo su techo. Así se lo prometí, al mismo tiempo que formaba el propósito de hacer todo lo posible para evitar tal contingencia, porque dormir en el desván de una choza gallega no es muy apetecible, aunque no tan malo como pasar la noche en un descampado o en un monte.
Emprendimos, pues, la marcha a paso vivo por ásperos caminos de herradura y veredas, rodeados de brezos y jaras. Al cabo de una hora llegamos a la vista del mar, y, dirigidos por un muchacho que encontramos en el despoblado guardando unas pocas y míseras ovejas, torcimos hacia el Noroeste y alcanzamos, por último, la cima de una montaña, donde nos detuvimos un poco a contemplar el panorama que se ofrecía ante nosotros.
No sin razón los latinos dieron a aquellos parajes el nombre de Finis terræ. Nos encontrábamos en un sitio exactamente igual a como en mi infancia había yo imaginado la conclusión del mundo, más allá de la que sólo había un mar borrascoso, o el abismo, o el caos. Tenía ante mis ojos un Océano inmenso, y a mis pies la dilatada e irregular línea de la costa, alta y escarpada. Con seguridad no hay en todo el mundo costa más abrupta que la costa gallega, desde la desembocadura del Miño hasta el Cabo Finisterre. Es una barrera de montañas de granito muy agrestes, dentelladas casi todas en la cima, y cortadas a veces por radas y bahías, como las de Vigo y Pontevedra, que penetran profundamente en tierra. Esas ensenadas y rías son todas de inmensa hondura, y de capacidad sobrada para abrigar las escuadras de las más soberbias naciones marítimas del mundo.
La grandeza severa y agreste de aquellos parajes, subyuga la imaginación. Esa costa salvaje, lo primero que percibe de España el viajero procedente del Norte o el que surca el ancho Océano, responde muy bien, por su apariencia, a la idea que de antemano se tiene de tan singular país. «Sí—exclama el viajero—; esta es España, sin duda alguna; la inexorable, la rígida España; esta tierra es un emblema de los espíritus que en ella han visto la luz. ¿De qué otra tierra podían salir aquellos seres prodigiosos que aterraron al Viejo Mundo, y llenaron el Nuevo de sangre y horror? ¡Alba y Felipe, Cortés y Pizarro, severos y colosales espectros que surgen entre las sombras de la edad pasada, como esas montañas de granito surgen de la niebla ante los ojos del navegante! ¡Sí; esta es España, sin duda: la inexorable, la indomable España; tierra emblemática de sus hijos!»
En cuanto a mí, al contemplar el ancho mar y la costa tan salvaje, exclamé: «¡Oh imagen de nuestra sepultura y de los temerosos caminos que a ella llevan! Esos desiertos y páramos por donde he pasado son como las ásperas y tristes jornadas de nuestra vida. Alentados por la esperanza, luchamos con todos los obstáculos, con la montaña, la ciénaga y el yermo, para llegar ¿a qué? a la tumba y a sus bordes pavorosos. ¡Oh! ¡Que no me abandone en la hora postrera la esperanza en el Redentor y en Dios!»
Descendimos del cerro, y de nuevo perdimos de vista el mar, metiéndonos por barrancos y cañadas, donde había, de vez en cuando, manchas de pinos. Continuando el descenso, acabamos por llegar a la terminación de una larga y angosta ría, donde se alzaba una aldea; a corta distancia, en la margen occidental de la ría, veíase una población bastante mayor, que casi tenía derecho al nombre de ciudad. Esta última era Corcubión; la primera, si no recuerdo mal, se llamaba Ría de Silla. Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía que preguntase por el camino de Finisterre. Entró en una taberna, de donde salía mucho bullicio, y a poco volvió diciéndome que el pueblo de Finisterre distaba una legua y media de allí. Un hombre, en manifiesto estado de embriaguez, apareció en la puerta, detrás de mi guía.
—¿Van ustedes a Finisterre, cavalheiros?—exclamó.
—Sí, amigo mío—respondí—. ¡Allá vamos!