—Entonces van ustedes a un fato de borrachos—replicó—. Tengan cuidado no les hagan alguna mala partida.
Seguimos adelante, y, luego de atravesar una península arenosa, a la espalda de la ciudad, llegamos a la costa de una inmensa bahía, cuya extremidad Noroeste la formaba el renombrado Cabo de Finisterre, que se extendía ante nuestra vista mar adentro.
Por una playa de arena de blancura deslumbradora avanzamos hacia el Cabo, meta de nuestro viaje. El sol brillaba resplandeciente, y sus rayos iluminaban todas las cosas. Delante de nosotros, el mar parecía un espejo, y las olas que rompían en la costa eran tan débiles que apenas levantaban un murmullo. Avivamos el paso, siguiendo el profundo contorno de la bahía, dominada por montañas gigantescas. Singulares recuerdos comenzaron a invadir mi espíritu: en aquella playa, según la tradición de toda la antigua cristiandad, Santiago, el Santo patrono de España, predicó el Evangelio a los idólatras españoles. En aquella playa se alzaba en otro tiempo una ciudad comercial inmensa, la más orgullosa de España. En la bahía, hoy desierta, resonaban entonces millares y millares de voces, cuando las naves y el comercio de todo lo descubierto de la tierra se concentraban en Duyo.
—¿Cómo se llama este pueblo?—pregunté a una mujer, al pasar por cinco o seis casas ruinosas en el recodo de la bahía, antes de entrar en la península de Finisterre.
—Esto no es un pueblo—dijo la gallega—. Esto no es un pueblo, señor caballero; es una ciudad, es Duyo.
¡Tales son las glorias del mundo! ¡Aquellas chozas eran todo lo que el rugiente mar y la garra del tiempo habían dejado de Duyo, la gran ciudad! Y ahora, derechos a Finisterre.
Al mediodía llegamos al pueblo de ese nombre, compuesto de un centenar de casas y construído en el lado Sur de la península, precisamente en el paraje donde el terreno se levanta para formar la enorme y escarpada cabeza del Cabo. En vano buscamos una posada o venta donde encerrar el caballo; por un momento creímos haber encontrado lo que buscábamos, y hasta llegamos a atar el caballo al pesebre. Pero en cuanto salimos lo desataron, echándolo a la calle. La poca gente que vimos nos observaba de un modo extraño. No hicimos gran caso de estos detalles y continuamos calle arriba, hasta que nos admitieron en casa de un comerciante castellano, a quien su suerte había llevado a aquel rincón de Galicia, al fin del mundo. Lo primero que hicimos fué echar un pienso al caballo, que ya daba señales de estar muy cansado. Pedimos luego para nosotros algo de comer: como una hora más tarde nos sirvieron un pescado de unas tres libras, regularmente sabroso, muy fresco, condimentado para nosotros por una vieja que desempeñaba las funciones de ama de gobierno. Terminada la comida, salí con mi grotesco guía y me dispuse a subir a la montaña.
Nos detuvimos a examinar un reducto o batería abandonada que mira a la bahía, y, mientras estábamos en esto, reparé más de una vez que también nosotros éramos objeto de curiosidad y acecho; en efecto, a nuestro paso vislumbré más de una cara que nos atisbaba por los huecos y hendiduras de las tapias. Comenzamos luego a subir al Finisterre, trazando en sus vertientes graníticas numerosos y largos detours. El sol estaba en lo más alto de su carrera, y sus ardentísimos y furiosos rayos caían a plomo y nos asaeteaban. En la subida se me destrozó el calzado y me corté los pies; el calor me hacía sudar a chorros. Para mi guía, en cambio, la subida no era, al parecer, fatigosa ni difícil. No le asustaba el calor del día, ni una gota de sudor surcaba su curtido semblante, ni le faltaba el resuello; brincaba de roca en roca con la irritante agilidad de una cabra montés. Antes de llegar a la mitad de la subida me encontré rendido por completo. Comencé a rilar y a tambalearme.
—¡No tenga miedo!—dijo el guía—. Ahí se ve una cerca; échese un poco a la sombra.
Me pasó uno de sus largos y robustos brazos por la cintura, y, aunque comparado conmigo parecía un enano, me sostuvo como a un chico hasta llegar a una tosca valla que atravesaba la mayor parte de la montaña y servía, probablemente, de lindero. Difícil fué encontrar una sombra: descubrimos, por último, una pequeña hendidura, abierta quizás por algún pastor para dormir en ella la siesta. Allí me tendió el guía con mucho tiento, y, quitándose el enorme sombrero, comenzó a abanicarme sin descanso. Fuí reviviendo por momentos, y, después de descansar un rato muy largo, emprendí de nuevo la subida; por fin llegué a la cumbre con ayuda del guía.