Nos encontramos a gran altura entre dos bahías, con la vasta soledad del mar delante de nosotros. De los diez mil barcos que anualmente surcan aquellas aguas a la vista del Cabo, no se descubría entonces ni uno solo. Era el mar un desierto azul brillante, del que, a intervalos, emergía la negra cabeza de un cachalote arrojando dos delgados chorros de agua. La bahía de Finisterre, la más grande de las dos, resplandecía hasta su entrada con los bellos tornasoles de un inmenso banco de sardinhas, en cuyos bordes estaba probablemente el cachalote dándose un festín. Al otro lado del Cabo veíamos a nuestros pies una bahía más pequeña, bordeada de rocas de formas extrañas, que dominan la costa; esta bahía se llama en el lenguaje del país Praia do mar de fora, y es lugar temible en días de borrasca, cuando el oleaje del Atlántico penetra en ella y rompe contra las rocas sumergidas que allí abundan. Aun en días de calma resuena en aquella bahía un fragor cavernoso que llena el corazón de inquietud.

Descubríase por doquiera un panorama grandioso, sublime. Después de contemplarlo desde la cima cerca de una hora, descendimos.

Al llegar a la casa donde teníamos nuestro pasajero albergue, hallamos ocupado el portal por unos cuantos hombres, echados algunos en el suelo y bebiendo vino en unas pequeñas vasijas de barro muy usadas en aquella parte de Galicia. Les saludé cortésmente al pasar y subí al aposento donde comimos. En un tosco y sucio lecho que allí había me arrojé rendido de cansancio. Resolví reposar un poco, y por la noche reunir a la gente del pueblo y leerles unos capítulos de la Escritura y dirigirles una ligera exhortación cristiana. Me dormí pronto; pero mi sueño fué muy intranquilo. Veíame rodeado de dificultades múltiples, entre peñascos y barrancos, luchando en vano por libertarme. Rostros muy extraños se asomaban entre los árboles o salían de las cavernas y sacaban una lengua bífida y arrojaban gritos de cólera. Miré en torno buscando a mi guía, pero no le hallé; me pareció, sin embargo, oír en lo hondo de un barranco una voz que hablaba de mí. No sé cuánto hubieran durado estas pesadillas; pero, de súbito, sentí que me agarraban con violencia por un hombro, y de un tirón casi me arrastraron fuera de la cama. Desperté con gran sorpresa, y a la luz del sol poniente vi inclinada sobre mí una figura extraña y desconocida: era la de un hombre ya de edad, de gigantesca talla, muy barbudo, con cejas grandes y frondosas, vestido a lo pescador y con un fusil mohoso en la mano.

Yo.—¿Quién es usted, qué desea?

El hombre.—Poco importa quién soy yo. Levántese y venga conmigo; le necesito.

Yo.—¿Con qué autoridad se atreve usted a venir a molestarme?

El hombre.—Con la autoridad de la justicia de Finisterre. Sígame sin resistencia, Calros, o será peor.

—¿Calros?—dije yo—. ¿Qué significa esto?

Me pareció, sin embargo, lo más prudente obedecer, y bajé la escalera detrás de mi hombre. La tienda y el portal hallábanse atestados de vecinos de Finisterre: hombres, mujeres y chicos; estos últimos desnudos casi todos, chorreando agua, como si los hubieran llamado a toda prisa de sus juegos en la orilla del mar. A través de aquella multitud, el hombre que he tratado de describir se abrió paso con ademán autoritario.

Al llegar a la calle, posó sin violencia una de sus pesadas manos en mi brazo.