—¡Es Calros, es Calros!—gritó un centenar de voces—. Acaba de llegar a Finisterre y la justicia le ha prendido.

Sin saber lo que todo aquello podía significar, seguí calle abajo en compañía de mi singular conductor. La multitud que nos seguía vociferando era cada vez más numerosa. Hasta sacaron los enfermos a las puertas para que viesen lo que ocurría y echaran un vistazo al temible Calros. Me admiró, sobre todo, el ardimiento de que dió muestras un tullido, quien, a despecho de los ruegos de su mujer, se mezcló con las turbas, y, aunque perdió la muleta, siguió adelante, brincando con una sola pierna, mientras decía:

¡Carracho! ¡También voy yo!

Por fin llegamos a una casa un poco mayor que las demás; el guía me introdujo en una sala baja, me colocó en el centro y volvió corriendo a la puerta con ánimo de impedir el paso a la gente que pugnaba por entrar con nosotros. No sin trabajo consiguió su propósito; una o dos veces se vió en el caso de rechazar a culatazos a los intrusos. Me puse entonces a examinar el aposento. Todo el mobiliario consistía en unos cuantos toneles; había además en el suelo el mástil de una lancha y una o dos velas. Sentados en los toneles estaban tres o cuatro hombres, con toscos trajes de pescadores o de carpinteros de ribera. El personaje principal era un individuo de unos treinta y cinco años, de gesto avinagrado, alcalde de Finisterre, según averigüé después, y dueño de la casa en que nos encontrábamos. En un rincón descubrí a mi guía; evidentemente estaba preso: dos robustos pescadores, armado el uno con un fusil y el otro con un bichero, le guardaban. Un minuto duró mi examen; el alcalde, atusándose las patillas, me interrogó así:

—¿Quién es usted, dónde está su pasaporte y a qué ha venido a Finisterre?

Yo.—Soy un inglés, mi pasaporte es éste y he venido a ver Finisterre.

Mi respuesta los desconcertó, al parecer, por breves momentos. Miráronse unos a otros, y miraron mi pasaporte. Al cabo, el alcalde, golpeándolo con un dedo, vociferó:

—Este pasaporte no es español; parece que está escrito en francés.

Yo.—Ya le he dicho a usted que soy extranjero. Por eso traigo, como es natural, pasaporte extranjero.

El alcalde.—Entonces quiere usted hacernos creer que no es Calros rey.