Yo.—Nunca he oído hablar de ese rey ni he oído tal nombre.

El alcalde.—¡Miren qué sujeto! Se atreve a decir que no ha oído hablar nunca de Calros el pretendiente, que se titula rey.

Yo.—Si ese Calros es el pretendiente don Carlos, todo lo que puedo contestar es que no creo que hable usted en serio. Lo mismo podía usted decir que ese pobre hombre, mi guía, a quien por lo visto han hecho ustedes prisionero, es su sobrino, el infante don Sebastián.

El alcalde.—¡Ah! Usted mismo se ha vendido; en efecto, por tal le tenemos.

Yo.—Es verdad que los dos son jorobados; pero ¿en qué me parezco yo a don Carlos? No tengo tipo español, y al pretendiente le llevo lo menos la cabeza.

El alcalde.—Eso no le hace. Ya se sabe que usted lleva varios chalecos consigo, y con ellos se disfraza, pareciendo más alto o más bajo, según le acomoda.

Esta razón era tan concluyente, que no supe contestar. El alcalde echó una mirada de triunfo en torno suyo, como si hubiese hecho un gran descubrimiento.

—Sí; ¡es Calros, es Calros!—decía la turba, agolpada en la puerta.

—No estaría mal fusilar a estos dos hombres ahora mismo—continuó el alcalde—; porque si no son los dos pretendientes, es seguro que los dos son facciosos.

—No estoy yo muy seguro de que sean ni una cosa ni otra—dijo una voz bronca.