La justicia de Finisterre volvió los ojos hacia donde había sonado la voz, y lo mismo hice yo. Nuestras miradas se posaron en el individuo que guardaba la puerta; había plantado el cañón de la escopeta en el suelo y apoyaba la barba en la culata.

—No estoy muy seguro de que sean una cosa ni otra—repitió avanzando—. He examinado a este hombre—dijo, señalándome—y escuchado su modo de hablar, y me parece que es inglés; su cara y su voz lo dicen. ¿Quién conoce a los ingleses mejor que Antonio de la Trava? ¿Quién tiene más motivos para conocerlos? ¿No ha tripulado sus barcos, no ha comido su galleta, y no estaba junto a Nelson cuando le mataron de un tiro?

Al oírle, el alcalde se enfureció.

—Es tan inglés como tú—exclamó—. Si fuese inglés no habría venido a escondidas ni por tierra; habría venido embarcado y con recomendaciones para alguno de nosotros o para los catalanes; habría venido a comprar o a vender; pero en Finisterre no le conoce nadie ni conoce a nadie; además, lo primero que ha hecho al llegar aquí ha sido inspeccionar el fuerte y subir a la montaña a trazar un campamento, estoy seguro. ¿A qué iba a venir a Finisterre si no es Calros ni un bribón de faccioso?

Comprendí que había gran parte de justicia en alguna de estas observaciones, y por vez primera me di cuenta de la gran imprudencia que había cometido metiéndome por parajes tan incultos y entre gentes tan bárbaras, sin llevar pretexto alguno que pudiera justificar a sus ojos mi viaje. Traté de convencer al alcalde de que mi expedición por aquel país no tenía otro fin que el de conocer las muchas cosas notables que encierra y recoger noticias acerca del carácter y condición de los habitantes. Pero estos motivos eran incomprensibles para él.

—¿A qué ha subido usted a la montaña? ¡Para ver el paisaje! ¡Disparate! Hace cuarenta años que vivo en Finisterre y no he subido nunca, ni subiría en un día como el de hoy aunque me diesen dos onzas de oro. Ha venido usted a medir la altura y a replantear un campamento.

Encontré, sin embargo, un amigo resuelto en Antonio, el viejo, quien insistió, fundándose en su conocimiento de los ingleses, en que muy bien podía ser cierto cuanto yo decía.

—Los ingleses—decía—no saben qué hacer con tanto dinero como tienen, y andan de aquí para allá por todo el mundo, y a lo mejor pagan carísimo lo que para la demás gente no vale un cuarto.

Comenzó entonces, a pesar del enojo del alcalde, a examinarme de inglés. Todos sus conocimientos en esta lengua se reducían a dos palabras: knife y fork, las cuales traduje a sus equivalentes en español; el viejo me declaró inglés al instante, y blandiendo su escopeta exclamó:

—Este hombre no es Calros; es inglés, como tiene dicho, y el que trate de molestarle se las entenderá con Antonio de la Trava, el valiente de Finisterre.