Nadie trató de impugnar ese fallo, y al fin resolvieron enviarme a Corcubión para que me interrogara el alcalde mayor del distrito.

—Pero ¿qué hacemos con este otro individuo?—preguntó el alcalde de Finisterre—. Este, al menos, no es inglés. Tráele para acá y oigamos lo que dice en su defensa. Vamos, hombre, ¿quién eres y quién es tu amo?

El guía.—Soy Sebastianillo, un pobre marinero licenciado de Padrón, y mi amo, a la hora presente, es este caballero que está aquí, el inglés más valiente y de más dinero del mundo. Tiene en Vigo dos barcos cargados de riquezas. Ya se lo dije a ustedes antes, cuando me prendieron en la posada.

El alcalde.—¿Y tu pasaporte?

El guía.—Yo no tengo pasaporte. ¿Quién piensa en traer pasaporte a un sitio como éste, donde no habrá dos personas que sepan leer? Yo no tengo pasaporte; el de mi amo sirve también para mí.

El alcalde.—No tal; y puesto que no tienes pasaporte y confiesas que te llamas Sebastián, vamos a fusilarte. Antonio de la Trava, tú y los escopeteros os lleváis de aquí a este Sebastianillo y le fusiláis delante de la puerta.

Antonio de la Trava.—Con mucho gusto, señor alcalde, puesto que usted lo manda. No tengo por qué tomarme ningún trabajo en favor de este individuo. Es seguro que no es inglés; más trazas tiene de brujo o de nuveiro, uno de esos demonios que levantan las tormentas y hunden las lanchas. Además, dice que es de Padrón, y todos los de ese pueblo son ladrones y borrachos. Una vez me jugaron una mala partida, y no me disgustaría fusilar a todo el pueblo.

Intervine yo entonces, y dije que si fusilaban al guía debían fusilarme a mí también; ponderé la crueldad y barbarie de quitar la vida a un pobre desdichado que, como se adivinaba al primer golpe de vista, era medio tonto; añadí que si alguien tenía culpa en aquel caso era yo, porque el otro no era más que un criado sometido a mis órdenes.

—Después de todo—dijo el alcalde—, me parece que lo mejor es enviar a los dos presos a Corcubión para que el alcalde mayor haga de vosotros lo que le parezca. Pero tenéis que pagar la escolta; no vayáis a figuraros que los vecinos de Finisterre no tienen cosa mejor que hacer que ir de una parte a otra con cada individuo que se le ocurra venir a esta ciudad.

—De eso me encargo yo—dijo Antonio—. Soy el valiente de Finisterre y no me asusto de dos hombres. Además, estoy seguro de que el capitán, aquí presente, me pagará lo que sea razonable, o dejaría de ser inglés. Conque no perdamos tiempo, y en marcha para Corcubión, que se hace tarde. Sin embargo, capitán, lo primero de todo es registrarle a usted, y luego registraré el equipaje. Supongo que no llevará usted armas; pero lo mejor es cerciorarse.