Mucho antes de cerrar la noche, montado de nuevo en la jaca y acompañado por el guía, emprendí a través de la playa el regreso a Corcubión. Delante iba Antonio de la Trava, escopeta al hombro, andando pesadamente.

Yo.—¿No le da a usted miedo, Antonio, ir solo con dos presos, uno de ellos a caballo? Si quisiéramos, creo que podríamos más que usted.

Antonio de la Trava.—Soy el valiente de Finisterre y no me asusto por eso.

Yo.—¿Por qué le llaman a usted el valiente de Finisterre?

Antonio de la Trava.—En todo el distrito se me conoce por ese nombre. Cuando los franceses vinieron a Finisterre y destruyeron el fuerte, tres murieron a mis manos. Yo estaba en lo alto de la montaña, adonde ha subido usted hoy; desde allí hacía fuego sobre el enemigo, hasta que tres soldados se lanzaron en mi persecución. ¡Qué locos! A dos de ellos los eché a rodar entre las peñas con dos tiros de este fusil, y al tercero le rompí la cabeza de un culatazo. Por esto me llaman el valiente de Finisterre.

Yo.—¿Y cómo fué usted a parar de marinero en la escuadra inglesa? Me parece haberle oído decir que presenció usted la muerte de Nelson.

Antonio de la Trava.—Sus compatriotas de usted me apresaron, capitán; y como soy marinero desde la niñez, se mostraron muy satisfechos de mis servicios. Nueve meses pasé con ellos, y estuve en Trafalgar. Vi morir al almirante inglés. Usted se le parece algo en la cara, y cuando le oigo a usted hablar me parece oír la voz del almirante. Tengo cariño a los ingleses, y por eso le he salvado a usted. No crea usted que me iba yo a cansar andando por estos arenales si fuese usted un compatriota. Ya estamos en Duyo, capitán. ¿Tomamos un reparillo?

Así lo hicimos, o, mejor dicho, Antonio de la Trava se reparó trasegando vaso tras vaso de vino con una sed, al parecer, inextinguible.

—El hombre que nos dijo que los borrachos de Finisterre nos harían una mala partida era más brujo que yo—murmuró Sebastián, mi guía.

Por fin, el veterano héroe del Cabo se levantó despacio y dijo que debíamos darnos prisa para llegar a Corcubión antes de cerrar la noche.