—¿Qué clase de persona es el alcalde a quien me lleva usted?—dije.

—¡Oh! Es muy diferente del de Finisterre. Es un señorito joven llegado hace poco de Madrid. Ni siquiera es gallego. Es muy liberal, y a órdenes suyas se debe principalmente que andemos por aquí tan sobre aviso. Se dice que los carlistas piensan hacer un desembarco en esta parte de la costa de Galicia. Que vengan siquiera a Finisterre; allí somos todos liberales sin excepción, y el valiente, aunque ya es viejo, está dispuesto a repetir lo que hizo en tiempo de los franceses. Pues, como iba diciendo antes, el alcalde a quien vamos a ver es un joven muy instruído, y si quiere, puede hablar con usted en inglés mejor aún que yo, eso que fuí amigo de Nelson y peleé a su lado en Trafalgar.

La noche cerró antes de llegar a Corcubión. Antonio se detuvo de nuevo en una taberna y después nos condujo a casa del alcalde. Su andar era ya muy poco seguro; al llegar a la puerta de la casa tropezó en el umbral y se cayó al suelo. Se puso en pie, lanzando un juramento, y al instante comenzó a aporrear la puerta con la culata del fusil. «¿Quién es?»—preguntó al fin en gallego una suave voz de mujer—. «El valiente de Finisterre»—respondió Antonio—. Se abrió la puerta y vimos ante nosotros una mujer bastante linda con una luz en la mano.

—¿Qué le trae por aquí tan tarde, Antonio?—preguntó.

—Traigo dos prisioneros, mi pulida—respondió.

¡Ave María!—exclamó—. Supongo que no correremos peligro.

—De uno respondo—replicó el viejo—; pero el otro es un nuveiro y ha hundido más barcas que todos sus hermanos de Galicia. Pero no te asustes, preciosa—añadió al ver santiguarse a la mujer—; cierra primero la puerta y llévame luego a donde esté el alcalde; tengo mucho que contarle.

Cerróse la puerta, y Antonio, después de ordenarnos permanecer en el patio, subió, precedido de la muchacha, una escalera de piedra, dejándonos en profundas tinieblas.

Pasó un cuarto de hora; de nuevo vimos el fulgor de la luz en la escalera, y la muchacha reapareció. Vino hacia mí y aproximándome al rostro la luz, me miró con atención. Después de un minucioso examen, se acercó a mi guía y le contempló con mayor detenimiento aún; volvióse al fin a mí y dijo en el mejor español que pudo: «Señor caballero, le felicito a usted por tener un criado como éste. Es el mozo mejor parecido de toda Galicia. ¡Vaya! Con sólo que llevara algo más de ropa y no fuese descalzo como va, ahora mismo le admitía de novio; pero, desgraciadamente, he hecho voto de no casarme nunca con un pobre, y sí sólo con quien tenga la bolsa bien repleta de dinero y pueda comprarme buenos trajes. ¿De manera que son ustedes carlistas? ¡Vaya! No crean que por eso voy a quererles mal; pero, siendo carlistas, ¿por qué han ido ustedes a Finisterre, si allí son todos cristinos y negros? ¿Por qué no han ido ustedes a mi pueblo? Allí nadie se hubiese metido con ustedes. Los de mi pueblo no se parecen a esos borrachos de Finisterre. En mi pueblo no molesta nadie a la gente de bien. ¡Vaya! No saben ustedes el odio que le tengo a ese borracho de Finisterre que les ha traído. ¡Es tan viejo y tan feo! Si no fuera por la ley que le tengo al señor alcalde, abriría la puerta y le pondría en la calle a usted y a su criado, el buen mozo

En esto, bajó Antonio. «Sígame—dijo—; su merced el alcalde está dispuesto a recibirle al momento.» Sebastián y yo le seguimos escaleras arriba, y entramos en un aposento, donde, sentado detrás de una mesa, vimos a un joven de corta estatura, pero guapo de cara y vestido a la última moda. Estaba escribiendo una carta, y cuando terminó se la entregó a un secretario para copiarla. Entonces me miró un instante fijamente y tuvimos la siguiente conversación: