El alcalde.—Ya veo que es usted inglés; aquí mi amigo Antonio me ha dicho que le han detenido a usted en Finisterre.

Yo.—Le han dicho a usted la verdad; a no ser por él, creo que hubiera perecido a manos de aquellos salvajes pescadores.

El alcalde.—Los habitantes de Finisterre son buena gente y muy liberales todos. ¿Me permite usted ver el pasaporte? Sí; está en regla. Es verdaderamente ridículo que le hayan detenido a usted tomándole por carlista.

Yo.—No sólo por carlista, sino por don Carlos en persona.

El alcalde.—¡Oh!, es de lo más ridículo; ¡confundir a un compatriota del gran Baintham con un bárbaro como ése!

Yo.—Dispense usted, señor: ¿de quien ha dicho usted?

El alcalde.—Del gran Baintham; el que ha inventado leyes para el mundo entero. Espero verlas adoptadas dentro de poco en este desgraciado país.

Yo.—¡Oh! Quiere usted decir Jeremías Bentham. Sí: un hombre muy notable en su línea.

El alcalde.—¡En su línea! ¡En todas las líneas! Es el genio más universal que ha producido el mundo: es un Solón, un Platón y un Lope de Vega.

Yo.—No he leído sus obras; pero no dudo que sea un Solón, y hasta un Platón, como usted dice. Lo que no podía figurarme es que se le clasificara como poeta con Lope de Vega.