El alcalde.—¡Es asombroso! Por lo que veo, no ha leído usted nada de él; en cambio, aquí estoy yo, un pobre alcalde de Galicia, que tiene todos los escritos de Baintham en ese estante y los estudia día y noche.
Yo.—Conocerá usted el inglés, sin duda alguna.
El alcalde.—Sí tal; quiero decir, el inglés contenido en las obras de Baintham. Celebro muchísimo ver a un compatriota suyo por estos parajes tan bárbaros. Comprendo y aprecio los motivos que le han traído a usted por aquí; disimule las groserías e insolencias que haya sufrido. Ahora trataremos de repararlas en lo posible. Está usted en libertad; pero como es tarde, le buscaré a usted alojamiento para esta noche. Aquí al lado hay uno muy a propósito. Vamos allá ahora mismo. Espere: ¿lleva usted un libro en la mano?
Yo.—El Nuevo Testamento.
El alcalde.—¿Qué libro es ése?
Yo.—Una parte de las Sagradas Escrituras, de la Biblia.
El alcalde.—¿Para qué lleva usted consigo ese libro?
Yo.—Uno de los motivos principales de mi visita a Finisterre era llevar este libro a un sitio tan inculto.
El alcalde.—¡Ja, ja! ¡Qué rareza! Sí; ya caigo. He oído decir que los ingleses aprecian mucho ese libro estrafalario. Es muy raro que los contemporáneos del gran Baintham den valor alguno a ese librote frailesco.
Era ya muy entrada la noche; mi nuevo amigo me acompañó al alojamiento que me había destinado, en casa de una anciana respetable, donde hallé una habitación cómoda y limpia. Por el camino deslicé en la mano de Antonio una propina, y al llegar a la casa le regalé con toda solemnidad, y en presencia del alcalde, el Testamento, rogándole que lo llevase a Finisterre y lo conservase como recuerdo del inglés a quien había protegido con tanta eficacia.