Buchini. Exactamente, mi lor, y a su servicio estuve mientras permaneció allí. Puso en mí gran confianza, más que nada porque hablo el español con gran pureza; lo aprendí con los judíos, que, según he oído decir a Monsieur Zea, lo hablan mejor que los actuales españoles de nacimiento.

No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del griego; baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea Bermúdez y a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué despedido por casarse con una doncella guipuzcoana, fille de chambre de Madame Zea. Desde entonces había servido a infinidad de amos, a veces como ayuda de cámara; otras, las más, de cocinero. Me confesó, sin embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo, muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados. «Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—, porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; mais je lui ris au nez, le hice el signo del cortamanga, pedí mis soldadas y le dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le hizo fusilar acusado de insubordinación.»

—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas esas riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio.

—¿Y qué quiere usted, Monsieur? Moi je suis Grec, je suis fier, et j’ai des principes d’honneur. Deseo que se me trate con cierta consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese cincuenta duros al mes. Es seguro que Madame me odiaría, y también su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que mi lor desea admitirme.

—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va usted a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de Madrid para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de España.

—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, mi lor, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará. Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso. ¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia casa? Admítame, mi lor; soy hombre de muchas habilidades, criado discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted?

Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a pesar de sus principes d’honneur. Descubrí, no obstante, que estaba dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la puchera, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años.

De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos sitios salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no espero ver ya un criado como éste.

Kosko bakh, Anton[6].