CAPÍTULO XX
Enfermedad.— Visita nocturna.— Una inteligencia superior.— El cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad irlandesa.— Soldados españoles.— Anuncios de las Escrituras.
El deseo que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce a abstenerme de contar a los lectores buen número de cosas que me sucedieron antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados de mayo, teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos. Salamanca era el primer punto a que pensaba dirigirme.
Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte, que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día de mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía tenerme en pie, me decidí a emplear cualquier recurso desesperado, y por consejo del barbero-cirujano que me visitaba, me sangré, ya muy entrada la noche de aquel mismo día; el barbero me sacó diez y seis onzas de sangre, y después de cobrar sus honorarios, se fué, deseándome feliz viaje; por su reputación me aseguró que al mediodía siguiente estaría restablecido por completo.
Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en el viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica, entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr. Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes, pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de mejorar notablemente el estado político y moral de España.
Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a los diferentes cónsules británicos establecidos en España, con órdenes precisas y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su situación oficial en favorecer la circulación de tales libros y en asegurarlos la publicidad. Recibirían, además, el encargo de proporcionarme, en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el auxilio, el estímulo y la protección de que hubiese menester.
Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión, y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad. Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era de esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en poseer numerosos agentes en España que, con muchos más medios y mejores ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio y convirtirían el árido y reseco yermo en risueño y verde trigal.
Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita nocturna.
Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo al humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa, profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos, aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y le odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones para arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas. Entre otras cosas, le acusaban de haber intervenido como agente del Gobierno británico en los sucesos de La Granja, provocando aquella revolución con el soborno de los soldados rebeldes y, en especial, del famoso sargento García. Tal acusación sólo puede provocar, naturalmente, una sonrisa en cuantos conocen bien el carácter inglés y la línea general de conducta seguida por el Gobierno británico; pero en España era universalmente creída, y hasta la publicó impresa cierto periódico, órgano oficial del necio duque de Frías, uno de los muchos primeros ministros del partido moderado que rápidamente se sucedieron en el poder en el último período de la lucha entre carlistas y cristinos. Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se vino jamás al suelo en España por el peso de su propia absurdidad? ¡Infortunado país! ¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio no sabrás que el don más alto de todos es la caridad!
Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos y la fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me encontraba algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la puerta de mi casa de la calle de Santiago, y me dispuse a montar; pero mi caballo negro andaluz, entero, como ya dije, no se dejaba acercar; en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy de prisa.