No entramos en la ciudad; hicimos alto en una gran venta o posada, en las afueras, delante de la que se alzaba un fresno gigante. Apenas hospedados, estalló una espantosa tormenta de agua y viento, con muchos truenos y relámpagos, que se prolongó sin interrupción varias horas, y cuyos efectos observé durante el viaje del siguiente día: todos los ríos que encontramos iban muy crecidos; al borde del camino yacían descuajados algunos árboles. Santillana cuenta con cuatro mil habitantes, y dista de Santander, adonde llegamos al otro día temprano, seis leguas cortas.
No hay cosa que contraste más con la región desolada y los pueblos medio en ruinas que acabábamos de atravesar, que el bullicio y la actividad de Santander, casi la única ciudad de España que no ha padecido con las guerras civiles, a pesar de hallarse en los confines de las Provincias Vascongadas, reducto del Pretendiente. Hasta las postrimerías del siglo pasado, Santander era poco más que una obscura ciudad de pescadores; pero en estos últimos años ha monopolizado casi por completo el comercio con las posesiones ultramarinas de España, especialmente con la Habana. La consecuencia de esto ha sido que, mientras Santander se enriquecía con rapidez, La Coruña y Cádiz han ido decayendo al mismo paso. Santander posee un muelle muy hermoso, sobre el que se alza una línea de soberbios edificios, mucho más suntuosos que los palacios de la aristocracia en Madrid; son de estilo francés, y en su mayoría los ocupan comerciantes. La población de Santander es de unos sesenta mil habitantes.
El día de mi llegada comí en la table d’hôte de la fonda principal, regida por un genovés. La concurrencia era muy mezclada: franceses, alemanes y españoles hablaban en sus idiomas respectivos, y en una punta de la mesa, sentados frente a frente, dos catalanes, uno de los cuales pesaría veinte arrobas, gruñían en su áspero dialecto. Mucho antes de terminar la comida, un individuo sentado junto al catalán corpulento monopolizó la atención y las conversaciones de todos. Era un hombre delgado, de mediana estatura, rubicundo y con una irregularidad en la mirada que, si no era estrabismo, se le parecía mucho. Llevaba uniforme militar, azul, y por el gusto de perorar se olvidaba de los manjares que tenía delante. Hablaba en correctísimo español, pero con un leve acento extranjero. Entretúvose un buen rato en discurrir acerca de la guerra y de sus particularidades, criticando con mucha libertad la conducta de los generales, tanto carlistas como cristinos, en la presente lucha, y, por último, exclamó:
—Si el Gobierno me diese veinte mil hombres tan sólo, acababa yo la guerra en seis meses.
—Dispense usted, señor—dijo un español sentado a la mesa—; la curiosidad me mueve a pedirle a usted el favor de decirnos su distinguido nombre.
—Yo soy Flinter—contestó el militar—, nombre que las mujeres, los niños y los hombres de España traen de boca en boca. Soy Flinter el irlandés y acabo de escaparme de las garras de don Carlos en las Provincias Vascongadas. Al morir Fernando me declaré por Isabel, estimando que todo buen caballero irlandés al servicio de España debía hacer otro tanto. Todos ustedes han oído hablar de mis hazañas; permítanme ustedes decir que aún hubiese hecho mucho más si la envidia de mi gloria no hubiese trabajado para privarme de los medios de acción necesarios. Hace dos años me mandaron a Extremadura a organizar las milicias. Las partidas de Gómez y de Cabrera entraron en la provincia, sembrando la devastación en torno; con todo, me encontraron en mi puesto, y si mis subalternos me hubieran secundado como era debido, los dos cabecillas no habrían vuelto ante su amo a jactarse de sus triunfos. Estando a la defensiva en mis atrincheramientos, se destacó de las filas carlistas un hombre y nos intimó la rendición. «¿Quién eres?»—le pregunté—. «Soy Cabrera»—respondió—. «Y yo soy Flinter—repliqué desenvainando el sable—; retírate a tus líneas o mueres inmediatamente.» Amedrentado, hizo lo que le mandé. Una hora después nos rendimos. Me llevaron prisionero a las Provincias Vascongadas, y los carlistas se regocijaron mucho con mi captura, porque el nombre de Flinter era muy sonado en sus filas. Me arrojaron en una mazmorra repugnante, donde estuve veinte meses. Hacía mucho frío, yo estaba desnudo, pero no me desanimé por eso: mi indomable espíritu no podía sentir tal flaqueza. Al cabo, mi carcelero se compadeció de mis desdichas. Díjome que «le apesadumbraba ver morir sin gloria a hombre tan valiente». Combinamos un plan de fuga, adquirimos unos disfraces y nos lanzamos juntos a la ventura. Pasamos inadvertidos hasta llegar a las líneas carlistas sobre Bilbao; allí nos dieron el alto. Pero mi presencia de ánimo no me abandonó. Iba yo disfrazado de carretero catalán, y la frialdad de mis respuestas engañó a mis interrogadores. Nos dejaron pasar y no tardamos en vernos en salvo dentro de los muros de Bilbao. Aquella noche hubo iluminación en la ciudad, porque el león había roto sus redes, Flinter se había escapado y volvía a reanimar una causa abatida. Acabo de llegar ahora de Santander, de paso para Madrid, donde voy a pedir al Gobierno el mando de veinte mil hombres.
¡Pobre Flinter! Seguramente no se han visto juntos en el mismo cuerpo un corazón más intrépido ni una boca más fanfarrona. Se fué a Madrid y, por la influencia del embajador británico, amigo suyo, obtuvo el mando de una pequeña división, con la que se dió traza para sorprender y derrotar, en las cercanías de Toledo, un cuerpo de carlistas al mando de Orejita, tres veces superior en número a sus tropas. En pago de esa hazaña, el Gobierno, que era entonces moderado o juste milieu, le persiguió con incansable animosidad; el primer ministro, Ofalia, apoyó con toda su influencia numerosas y ridículas acusaciones de robos y saqueos aducidas contra el demasiado victorioso general por los canónigos carlistas de Toledo. Fué asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de la batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez, que las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén; bien que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para impedir que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de recursos y refuerzos. Privado de los frutos de su victoria, cegáronse sus esperanzas, y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés; resignó el mando, y menos de diez meses después de haberle visto en Santander, dió a sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que los satisfizo, cortándose el cuello con una navaja de afeitar.
¡Almas ardorosas, nacidas en otros climas, que aspiráis a distinguiros al servicio de España y a ganar recompensas y honores, acordaos de la suerte de Colón y de otro no menos valiente y apasionado: Flinter!