Monsieur—dijo Antonio cuando cabalgábamos ya fuera de Colunga—, está usted impaciente por saber la historia de ese caballero a quien ha visto usted abrazarme en la posada. Sepa usted, mon maître, que estas guerras de carlistas y cristinos han causado muchas miserias y desventuras en este país; pero no creo que haya en toda España persona tan plenamente desdichada como ese pobre y joven caballero de la posada; todas sus desventuras provienen del espíritu de partido y de facción que en estos últimos tiempos prevalecía tanto.

»Mon maître, como le he dicho a usted repetidas veces, he vivido en muchas casas y servido a muchos amos; sucedió que hará unos diez años entré a servir al padre de ese caballero, muy niño entonces. La familia estaba en muy buena posición; el padre era general del ejército y bastante rico. Constituían la familia el padre, su señora y dos hijos; el más joven es el que usted ha visto; el otro le llevaba unos cuantos años. ¡Par Dieu! En aquella casa lo pasé muy bien; todos los individuos de la familia me trataban con bondad. De muchas casas me han despedido; pero de aquella, no; cosa notable. Las tres veces que me salí fué por mi libre voluntad. Me enfadaba con los otros criados, o con el perro o el gato. La última vez me fuí por culpa de una codorniz colgada en la ventana de madame, y que me despertaba todas las mañanas con su canto. Eh bien, mon maître, así corrieron las cosas durante los tres años que, con tales alternativas, estuve al servicio de la familia; al cabo de ese tiempo, decidieron que el señorito más joven se fuese a viajar, y se pensó que yo le acompañase como criado. Tenía yo muy buenas ganas de irme con él; mas, par malheur, me encontraba por aquellos días muy disgustado con madame, su madre, por causa de la codorniz, e insistí en que antes de acompañar al señorito matarían al pájaro y lo echarían al puchero. Madame se negó a esto de modo terminante; y hasta el pobre señorito, que siempre se había puesto de mi parte en tales ocasiones, dijo que eso era una extravagancia; me fuí de la casa muy amoscado, y no volví más.

»Eh bien, mon maître, el señorito se fué a viajar y estuvo fuera varios años; desde su partida hasta que le he encontrado en Colunga, no había vuelto a verle ni oído hablar de él; pero sí tenía noticias de su familia: de monsieur, su padre; de madame, su madre, y de su hermano, oficial de caballería. Poco antes de la guerra civil, o sea antes de morir Fernando VII, monsieur, padre de este joven, fué nombrado capitán general de La Coruña. Aunque muy buen amo, monsieur era bastante orgulloso, amigo de la disciplina, de la obediencia y de todas esas cosas. Además, no era amigo del populacho, de la canaille, y profesaba singular aversión a los nacionales. Por esto, al morir Fernando, se susurraba en La Coruña que el general no era liberal, y que era más amigo de Carlos que de Cristina. Eh bien: aconteció que un día se celebraba en la bahía una gran fête en la que tomaban parte los soldados y los nacionales; yo no sé cómo sucedió; el caso es que hubo una émeute, y los nacionales echaron mano a monsieur, el general, le ataron una cuerda al cuello, le zambulleron en el agua desde la falúa en que iba, y lo llevaron a remolque hasta que se ahogó. Entonces fueron a su casa, la saquearon, y maltrataron de tal modo a madame, que por entonces estaba enceinte, que a las pocas horas expiró.

»Le digo a usted, mon maître, aunque le cueste trabajo creerlo, que al saber la desgracia de madame y del general, lloré por ellos, y sentí haberme despedido de la casa airadamente, por causa de la maldita codorniz.

»Eh bien, mon maître, nous poursuivrons notre histoire. El hijo mayor, oficial de caballería, como le he dicho, y hombre enérgico, en cuanto supo la muerte de sus padres juró vengarse. ¡Pobre infeliz! No se le ocurrió más que desertar con dos o tres camaradas descontentos, y, metiéndose en Galicia, levantaron una pequeña facción y proclamaron a don Carlos. Por un poco de tiempo hicieron mucho daño a los liberales, quemando y arrasando sus propiedades, y dieron muerte a varios nacionales que cayeron en sus manos. Pero esto duró poco; su facción fué dispersada y el jefe preso y ahorcado, y su cabeza clavada en un palo.

»Nous sommes déjà presque au bout. Cuando llegamos a la posada, el joven me llevó a su cuarto, como usted vió, y durante un buen rato las lágrimas y los sollozos no le dejaron hablar. Su historia se cuenta en dos palabras: volvió de su viaje, y la primera noticia que le aguardaba a su regreso era que habían ahogado a su padre, asesinado a su madre y ahorcado a su hermano, y que, además, todos los bienes de la familia estaban confiscados. Y no era eso todo: donde quiera que iba le miraban como faccioso, y los nacionales le apaleaban. Acudió a sus parientes, y algunos, del bando carlista, le aconsejaron que se alistara en el ejército de don Carlos, y el mismo Pretendiente, que fué amigo de su padre, le ofreció un empleo en su ejército. Pero, mon maître, como le dije a usted antes, se trata de un joven pacífico, manso como un cordero, que aborrece el derramamiento de sangre. Además, no era de ideas carlistas, porque durante sus estudios había leído libros escritos en tiempos antiguos por algunos compatriotas míos, donde no se habla más que de repúblicas, de libertades y de derechos del hombre, de suerte que se inclinaba más al sistema liberal que al de don Carlos; declinó, por tanto, la oferta de don Carlos, y todos sus parientes le abandonaron, mientras los liberales le acosaban de pueblo en pueblo como a bestia salvaje. Al fin, vendió unas tierrecillas que le quedaban, y con el producto se retiró a Colunga, donde nadie le conoce; aquí lleva hace varios meses una vida muy triste; la lectura de dos o tres libros y correr de vez en cuando una liebre con su perro son todas sus distracciones. Me pidió consejo, pero no pude darle ninguno y no hice más que llorar con él. Al cabo, dijo: «Querido Antonio, para mí no hay remedio, ya lo veo. Dices que tu amo está abajo; ruégale de mi parte que se espere hasta mañana; mandaremos llamar a las muchachas del pueblo, buscaremos un violín y una gaita, y bailaremos para olvidar nuestros cuidados un momento.» Entonces me dijo unas palabras en griego viejo; apenas las entendí, pero creo que significan algo así como: «Bebamos y comamos y alegrémonos, que mañana moriremos.»

»Eh bien, mon maître: le dije que usted es un señor muy serio, que no se divierte nunca y que estaba de prisa. Lloró otra vez, y, abrazándome, nos dijimos adiós. Ya sabe usted, mon maître, la historia del joven de la posada.»

Dormimos en Ribadesella, y al mediar el siguiente día llegamos a Llanes. El camino corría entre la costa y una inmensa cadena de montañas que alzaba su barrera formidable a una legua del mar. El terreno por donde íbamos era regularmente llano y parecía bien cultivado. Abundaban los viñedos y los árboles, y a cortos intervalos se alzaban los cortijos de los propietarios, edificios de piedra, de planta cuadrada, rodeados de un muro exterior. Llanes es una ciudad antigua, de gran importancia en otros tiempos. En sus cercanías está el convento de San Cilorio, uno de los edificios monásticos más grandes de España. Ahora está abandonado, y se alza solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa cantábrica. Dejado Llanes, entramos a poco en una de las regiones más áridas y tristes que pueden imaginarse, donde todo era piedra y rocas, sin árboles ni hierba. La noche nos cogió en aquellos lugares. Continuamos la marcha, no obstante, hasta llegar a una aldea llamada Santo Colombo. Allí pasamos la noche en casa de un carabinero, hombre atlético, a quien encontramos a la puerta, armado de fusil. Era castellano, con todo el ceremonioso formulismo y la grave urbanidad que en otro tiempo dieron tanta fama a sus compatriotas. Regañó a su mujer porque hablaba con la criada delante de nosotros de asuntos de la casa. «Bárbara—dijo—, esa conversación no puede interesarles a unos caballeros forasteros; cállate, o vete a otra parte con la muchacha.» No quiso aceptar remuneración alguna por su hospitalidad. «Soy un caballero como ustedes—dijo—. No acostumbro a albergar gente en mi casa para ganar dinero. A ustedes les admití porque se les había hecho de noche y la posada estaba lejos.»

Madrugamos mucho y seguimos nuestra ruta por un terreno tan triste y pedregoso como el recorrido el día antes. En cuatro horas llegamos a San Vicente, pueblo grande y destrozado, habitado principalmente por miserables pescadores. Conserva, empero, notables reliquias de su pasada magnificencia; el puente, tendido sobre la profunda y ancha ría en cuya margen se alza la ciudad, no tiene menos de treinta y dos arcos, y es de granito gris. Su fábrica es muy antigua; se halla tan ruinoso en algunos sitios, que ofrece peligro.

Dejando atrás San Vicente, caminamos unas cuantas leguas por la costa; a veces atravesábamos alguna angosta ría. El terreno comenzó a mejorar; en las cercanías de Santillana era ya fértil y ameno. Como una hora antes de llegar al país de Gil Blas, atravesamos un extenso bosque, con muchas rocas y precipicios. En un lugar como éste se hallaba la caverna de Rolando, según se cuenta en la novela. El bosque tenía mala fama; el guía nos dijo que en él se cometían robos; pero nada nos sucedió, y llegamos a Santillana a eso de las seis de la tarde.