CAPÍTULO XXXIV
Salida de Oviedo.— Villaviciosa.— El joven de la posada.— La narración de Antonio.— El general y su familia.— Noticias deplorables.— Mañana moriremos.— San Vicente.— Santander.— Una arenga.— El irlandés Flinter.
Salimos, pues, de Oviedo e hicimos rumbo a Santander. El guía que llevábamos, y a quien había yo alquilado la jaca que montaba, nos lo recomendó mi amigo el comerciante de Oviedo. Resultó ser un individuo desidioso e indolente; iba, por lo general, doscientas o trescientas varas rezagado de nosotros, y en lugar de alegrarnos el camino con cantares y cuentos, como Martín de Ribadeo, apenas abrió los labios, salvo para decirnos que no fuésemos tan de prisa, o que le iba a reventar la jaca si le daba tantos espolazos. Además era ladrón, y aunque se ajustó para hacer el viaje a seco, o sea corriendo de su cuenta sus gastos personales y los del caballo, se las arregló de modo que, durante todo el viaje, unos y otros pesaron sobre mí. Cuando se viaja por España, el plan más barato es que en el ajuste entre la manutención del guía y de su caballo o mula, porque así el precio del alquiler disminuye lo menos un tercio, y las cuentas en el camino rara vez suben más por eso; mientras que, en otro caso, el guía se embolsa la diferencia, y, no obstante, queda libre de su escote a expensas del viajero, gracias a la connivencia de los posaderos, unidos a los guías por una especie de espíritu de cuerpo.
Entrada la tarde llegamos a Villaviciosa, ciudad pequeña y sucia, a ocho leguas de Oviedo, al borde de una ensenada que comunica con el golfo de Vizcaya. Suele llamarse a Villaviciosa la capital de las avellanas por la inmensa cantidad de ese fruto que se cosecha en su término; la mayor parte se exporta a Inglaterra. Al acercarnos al pueblo, dábamos alcance a numerosos carros de avellanas que llevaban la misma dirección que nosotros. Me dijeron que en la rada había anclados algunos barcos ingleses. Por extraño que parezca, y a pesar de hallarnos en la capital de las avellanas, nos fué muy difícil procurarnos un puñado de ellas para postre, y más de la mitad de las que nos dieron estaban hueras. Los de la posada nos dijeron que como las avellanas eran para la exportación, no se les ocurría siquiera comerlas ni ofrecérselas a los huéspedes.
Al día siguiente llegamos muy temprano a Colunga, lindo pueblecito, situado en una elevación del terreno, entre frondosos castañares. El pueblo es famoso, al menos en Asturias, por ser cuna de Argüelles, padre de la Constitución española.
Al desmontar a la puerta de la posada, donde pensábamos reparar las fuerzas, una persona, asomada a una ventana del piso alto, lanzó una exclamación y desapareció. Estábamos todavía en la puerta, cuando el mismo individuo llegó corriendo y se arrojó al cuello de Antonio. Era un joven bien parecido, de unos veinticinco años, vestido con elegancia y tocado con una gorra de montero. Antonio, después de mirarle un momento, exclamó: Ah, monsieur, est ce bien vous?, y le dió un afectuoso apretón de manos. El desconocido le hizo señas de que le siguiera, y en el acto se fueron los dos al aposento de encima.
Preguntándome lo que podría significar aquello, me senté a almorzar. Pasó una hora, y Antonio no volvía. Por entre las tablas que formaban el techo de la cocina, oía yo su voz y la de su amigo, y me parecía oír a veces sollozos entrecortados y gemidos. Hubo después un largo silencio. Ya empezaba a impacientarme e iba a llamar a Antonio, cuando el hombre se presentó; pero no le acompañaba el desconocido.
—Sepamos, por todas las extravagancias de este mundo—pregunté—¿qué ha estado usted haciendo por ahí? ¿Quién es ese hombre?
—Mon maître—dijo Antonio—, c’est un monsieur de ma connaissance. Con su permiso, voy a tomar un bocado, y por el camino le contaré a usted lo que sé de él.