Benedicto.—¿Qué quiere usted que le diga, lieber Herr? No sé qué hacer. Me someto en todo a sus consejos.

Yo.—Estaré en Oviedo unos pocos días más; durante ellos, puede usted alojarse en esta posada, y trate de recobrarse de las fatigas de tan desastrosos viajes; quizás antes de marcharme se me ocurra algún plan para sacarle a usted de esta situación tan apurada.

Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación pintoresca, entre dos montañas: el Morcín y el Naranco; la primera es muy alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla cubierta de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y plantadas de viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la catedral; su torre, extremadamente alta, es quizás uno de los más puros ejemplares de la arquitectura gótica que existen hoy en día. El interior de la catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo y sin adornos. Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de las capillas es cementerio, donde descansan los huesos de once reyes godos. ¡Paz a sus almas!

En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas notables de Oviedo. Una mañana me dijo:

—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados en España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde pasó gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su retrato. Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor para que lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón Valdés.

Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me enseñó el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de diámetro, rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el borde de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso, pero correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del moderno arte español que había visto hasta entonces.

Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí continuar hacia su país.

Lieber Herr—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander en jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las bellotas, y sin eso no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes posible y me iré a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el Schatz en la tierra de los gallegos.

Al separarnos le regalé unos pocos duros.

—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un hombre extraño, mon maître, el tal Benedicto. Ha llevado una vida extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar una sorcière, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos últimos viajes.