Benedicto.—Voy a decírselo. A mitad de camino, entre La Coruña y Santiago, y según iba yo pensando en el Schatz, oí un galope estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a caballo venían derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez del viento. Lieber Gott—dije yo—, estos son ladrones o facciosos; y lo eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el alto; tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos días, caballeros»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y estuvimos mirándonos más de un minuto. Lieber Himmel, nunca he visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba. «Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que llevaba conmigo parte de él.
—¿Tienes dinero?—me preguntaron.
—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles, sin embargo: tengo una peseta y unos cuartos. Al decir esto, saqué lo que tenía y se lo ofrecí.
—Nosotros somos caballeros de Galicia—dijeron—y no quitamos pesetas, menos aún cuartos. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la reina?
—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey; no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en pro ni en contra de nadie mientras no me paguen.
Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a Santiago, a las tropas que había y al capitán general; para no disgustarles conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de ellos, el más feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco y dijo: «Si hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas la cabeza, tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y creemos lo que nos has dicho. Toma esta peseta y sigue tu camino; pero cuidado con decir a nadie nada de nosotros, porque si no, ¡carracho!...» Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y tan cerca que durante un segundo me tuve por muerto. Luego, dando una gran voz, salieron al galope; sus caballos saltaban por los barrancos como si estuvieran poseídos de los demonios.
Yo.—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a La Coruña?
Benedicto.—Al llegar a La Coruña pregunté por usted, lieber Herr, y me dijeron que precisamente el día anterior se había marchado usted a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón, viéndome en el extremo más remoto de Galicia sin un amigo que me socorriera. Estuve un día o dos sin saber qué hacer; al fin resolví dirigirme a la frontera de Francia, pasando por Oviedo, donde esperaba verle a usted y pedirle consejo. Mendigué entre los alemanes establecidos en La Coruña un socorro para el camino, y saqué muy poco, sólo unos cuartos, menos de lo que los facciosos me dieron en el camino de Santiago; con eso salí para Asturias por el camino de Mondoñedo. Och, qué ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de curas, de pfaffen, más carlistas todos que el propio don Carlos.
»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole que volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro. Díjome que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo limosna a la puerta de cada choza que encontraba; decía a todos que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte en prueba de que había estado allí. Lieber Herr, nadie me dió un cuarto, ni siquiera un pedazo de broa; gallegos y asturianos se reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era ya un talismán en España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de vez en cuando arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también cogía tal cual racimo de las parras y moras de zarza; de este modo fuí tirando hasta llegar a las bellotas; allí encontré un cabrito perdido, lo maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el hambre era mucha; me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un barranco, medio muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que no me devorasen los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo; no sé cómo he llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en una pocilga vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla me hinqué de rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a usted, lieber Herr, porque usted era mi última esperanza.
Yo.—¿Y qué piensa usted hacer ahora?