—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que vale veinte veces más: es el suizo de Santiago.
—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el tesoro? ¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido?
—Mon maître—dijo Antonio—, viene a pie, juzgando por los zapatos que trae, tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su ropa es un andrajo.
—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está ahora?
—Abajo, mon maître—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia.
Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía, como Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero andaluz, tan viejo, chorreaba agua.
—Och, lieber Herr—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle a usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de todas las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en Santiago.
Yo.—Le veo a usted en Oviedo y apenas puedo dar crédito a mis ojos. ¿Qué motivo le trae a usted a esta población tan fuera de su camino y desde tan gran distancia?
Benedicto.—Lieber Herr, permítame que me siente y le contaré todo lo que me ha sucedido. Pocos días después de verle a usted por última vez, el canónigo me aconsejó que pidiese al capitán general permiso y ayuda para desenterrar el tesoro. Fuí a ver al capitán general, que al principio me recibió con amabilidad, me hizo muchas preguntas y me dijo que volviera. Continué visitándole, hasta que se negó a recibirme, y por más que hice, no pude volverle a ver. El canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me había dado unas pocas pesetas de las limosnas de la iglesia; y muy a menudo me llamaba bribón e impostor. Al cabo, una mañana fuí a verle, le dije que me proponía volver a Madrid para someter el asunto al Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que constase que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo que ese documento me sería útil en el camino, porque me permitiría pedir limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte, que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces, amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a usted, lieber Herr; pero me dijeron que se había marchado usted a La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca.
Yo.—¿Y qué le sucedió en el camino?