—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía que no tenga más familia que una yegua y un potro.
Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril, muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de Palillos.
Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una antigua posada, que fué en otros tiempos palacio de los condes de Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a mares. De pronto, conforme estaba yo escribiendo, me detuve al oír el ruido de numerosas pisadas en la crujiente escalera que conducía a mi cuarto. La puerta se abrió de súbito y entraron nueve hombres de elevada estatura, al mando de un personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban embozados en amplias capas españolas, pero al instante conocí en su porte que eran caballeros. Colocáronse en fila delante de la mesa en que yo escribía. De repente, se desembozaron todos a un tiempo y vi que cada uno llevaba un libro en la mano, libro que yo conocía muy bien. Después de una pausa que no fuí capaz de romper, porque estaba atónito de asombro, y casi me imaginaba que tenía delante una aparición, el chepudo avanzó un poco y con voz suave y argentina dijo: «Señor caballero, ¿ha sido usted quien ha traído este libro a las Asturias?» Me figuré que aquellos señores eran las autoridades civiles de la población que venían a arrestarme, y, poniéndome en pie, repuse: «Sí, por cierto: yo he sido, y es una gloria para mí haberlo hecho. El libro es el Nuevo Testamento de Dios; quisiera poder traer un millón.»
—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores son amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda donde usted los ha entregado para su venta, y nos hemos tomado la libertad de visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído. Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento.
Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en breve algunos, trayéndolos de Inglaterra.
Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de propaganda por España, de sus resultados y de las miras que la Sociedad Bíblica tenía respecto de este país; esperaba que nuestra sociedad dedicase atención especial a Asturias, el terreno más favorable, a su parecer, para nuestros trabajos, de toda la Península. Después de media hora de conversación, el chepudo me dijo de súbito en inglés: «Buenas noches, señor», y, embozándose en la capa, se fué como había venido. Sus compañeros, que hasta entonces no habían pronunciado una palabra, repitieron todos: «Señor, buenas noches», y, envolviéndose en las capas, le siguieron.
Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y, de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles. El librero me aseguró que, si bien se encargaba de la venta muy gustoso, no había esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes sin vender un solo libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de los tiempos y a la pobreza reinante en el país; estas noticias me desanimaron mucho. Pero la visita nocturna me advirtió que no debe uno abatirse cuando las cosas presentan un aspecto muy sombrío, porque entonces es cuando la mano del Señor interviene, por lo general, con mayor actividad, para que los hombres aprendan a conocer que cuanto de bueno se realiza no es obra suya, sino de El.
Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en mi destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una mañana melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa de desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco.
—Mon maître—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha venido?
—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es así, estamos presos.