—No, señor; no es eso todo: razón tenía yo al suponer que eran brujos; al día siguiente llegó un correo y los buscaron mucho, y a mí me prendieron por haberlos tenido en mi casa. Esto ocurrió a poco de empezar la guerra. Se dijo que eran espías y emisarios de no sé qué nación, y que habían visitado todos los rincones de Asturias para conferenciar con los descontentos. Lograron escaparse y no volvió a saberse de ellos; pero los caballos que montaban parecieron, sin los jinetes, vagando por el monte; eran jacas ordinarias sin ningún valor. Se cree que los brujos se embarcarían en algún barquichuelo escondido en una de las rías de la costa.
Yo.—¿Qué palabra era la que oía usted decir continuamente al criado, y que cree usted poder recordar?
El Huésped.—Señor, hace ya tres años que la oí, y a veces puedo recordarla, pero a veces no; en ocasiones me he despertado repitiéndola. Espere, señor; la tengo en la punta de la lengua: era Patusca.
Yo.—Quiere usted decir Batuschca; aquellos hombres eran rusos.
CAPÍTULO XXXIII
Oviedo.— Los diez caballeros.— Otra vez el suizo.— Petición modesta.— Los ladrones.— Benevolencia episcopal.— La catedral.— Un retrato de Feijóo.
Tengo que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde Muros a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros a Vélez[26] y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se despidió, volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió mucho separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de que le tomase a él con su yegua a mi servicio.
—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced.
Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió: