—Señor—me dijo—, hacía ya tres años que no venían extranjeros a mi casa. Recuerdo que por esta misma época, y en una noche como la de hoy, llegaron a la posada dos hombres a caballo. Me chocó que no trajeran guía. En mi vida he visto dos individuos más raros; no se me olvidarán jamás. El uno era tan alto como un gigante; tenía unos bigotes rojizos que le tapaban la boca; la cara era coloradota y parecía muy torpe y estúpido; debía de serlo, en efecto, porque cuando le hablé no pareció haberme entendido, y me contestó farfullando un ¡válgame Dios! tan extraño, que me le quedé mirando con los ojos y la boca abiertos. El otro no era alto ni colorado, ni tenía pelos en la cara, ni apenas en la cabeza. Era diminuto y parecía jorobado; pero ¡válgame Dios, qué ojos los suyos! Tan penetrantes y malignos eran como los de un gato montés. Hablaba el español tan bien como yo; pero no era español. Un español no tiene aquel mirar. Iba vestido de zamarra, con muchos bordados y filigranas, y llevaba sombrero andaluz; no tardé en comprender que el pequeño era el amo, y el gigante el criado.
»¡Válgame Dios, qué malísimo genio tenía el jorobado! Con todo, era muy gracioso y zumbón, y a veces me decía unas chuscadas como para morirse de risa. Se puso a cenar en el comedor de arriba (permítame usted que le diga que durmió en el mismo cuarto en que su merced va a dormir esta noche), y su criado le servía. Bueno: yo tenía mucha curiosidad, y me senté también a la mesa sin pedirle permiso. ¿Por qué había de pedírselo? Yo estaba en mi casa, y un asturiano es buena compañía para un rey, y es a menudo de mejor sangre. La cena fué sorprendente. En cuanto el gigante se descuidaba lo más mínimo en el servicio de su amo, el jorobado se ponía en pie, se subía a la silla de un brinco, y agarrando al gigante por el pelo le daba de bofetadas, hasta el punto de hacerme temer que iba a arrojar las muelas por la boca. Pero el gigante no parecía dar gran importancia a estos incidentes; supongo que ya estaría acostumbrado. ¡Válgame Dios! Un español no lo hubiera llevado con tanta paciencia. Pero lo que más me sorprendía era que después de pegar al criado el amo se sentaba, y al instante comenzaba a hablar y a reír con él como si no hubiera ocurrido nada, y el gigante reía y conversaba con su amo como si no le hubiera pegado nunca.
»Ya supondrá usted, señor, que no entendí ni palabra de la conversación, porque no hablaban en cristiano, sino en la misma lengua extraña en que el gigante me contestaba cuando le dirigía la palabra; todavía me está sonando en los oídos. No se parecía a ninguna otra lengua, ni al vascuence, ni a la lengua en que su merced habla aquí a mi tocayo el signor Antonio. ¡Válgame Dios! A lo que más se parecía es al ruido que hace una persona al enjuagarse la boca con agua. Creo recordar todavía una palabra que no se le caía de los labios al gigante; pero su amo no la empleaba jamás.
»Pero aún no le he contado a usted lo más raro de esta historia. Cuando se acabó la cena estaba muy avanzada la noche; la lluvia golpeaba en las ventanas como en este momento. De pronto el jorobado sacó el reloj, ¡Válgame Dios, qué reloj! Sólo le diré a usted una cosa, señor: que con los brillantes engastados en las tapas se podía comprar toda Asturias y Muros encima, y relucían tanto que no hacía falta lámpara en el cuarto. El jorobado miró al reloj y me dijo: «Me voy a acostar.» Tomé la luz y le llevé por la galería a su cuarto, seguidos del criado. Bueno, señor: levanté la mesa y me quedé aquí abajo esperando al criado, a quien tenía preparada una buena cama cerca de la mía. Señor, esperé con calma una hora, pero al cabo se me agotó la paciencia; subí al comedor, entré en la galería, y al llegar a la puerta de la habitación de aquel viajero tan raro, ¿qué dirá usted que vi?
—¿Cómo lo voy a saber?—respondí—. Acaso sus botas de montar.
—No, señor; no vi sus botas de montar. Tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en la puerta, de suerte que era imposible abrirla sin despertarle, estaba el gigante profundamente dormido; sus inmensas piernas ocupaban casi toda la longitud de la galería. Me santigüé lleno de admiración; y no me faltaban motivos, porque el viento era tan fuerte como esta noche, la lluvia entraba a chorros en la galería, y, sin embargo, allí se estaba el hombre dormido profundamente, sin abrigo, sin un leño siquiera por almohada, tumbado delante de la puerta de su amo.
»Señor, aquella noche dormí muy poco, porque pensé que había alojado a dos brujos o a gente que no era humana. Una o dos veces subí al piso de arriba y me asomé a la galería: el criado continuaba allí dormido; me persigné y me volví a la cama.
—Bueno—dije yo—, ¿qué ocurrió al día siguiente?
—Nada de particular: el jorobado bajó de su cuarto y estuvo bromeando conmigo en buen español; el criado bajó también, pero de todo lo que dijo, que no fué mucho, no entendí ni palabra, porque hablaba en aquella calamidad de lengua. Estuvieron aquí todo el día hasta después de cenar; entonces el jorobado me dió una onza de oro, montaron los dos a caballo y se fueron no sé adónde, en plena noche, de modo tan extraño como habían venido.
—¿Es eso todo?—pregunté.