—¿Vamos bien por este camino para Gijón y Oviedo?—preguntó Martín a una vieja que estaba a la puerta de una casa.
—¿Para Gijón y Oviedo?—replicó la comadre—. Aun tienen ustedes que cansarse de andar antes de llegar a Gijón y Oviedo. Por de pronto tienen ustedes que rajar las bellotas; cabalmente están ustedes debajo.
—¿Qué quiere decir con eso de rajar las bellotas?—pregunté a Martín de Ribadeo.
—¿No ha oído nunca su merced hablar de las siete bellotas?—respondió el guía—. A punto fijo no puedo decirle a usted lo que son, porque no las he visto nunca; pero creo que han de ser siete montañas que vamos a cruzar, y las llaman de ese modo porque las encuentran parecidas a las bellotas. He oído hablar de ellas bastante, y me alegro de tener ocasión de verlas, aunque, según dicen, se les indigestan a los caballos.
En aquella parte de Asturias alcanzan las montañas considerable altura. Son casi todas de obscuro granito, cubierto aquí y allá por una ligera capa de tierra. Se acercan mucho al mar, hacia el cual declinan en vertientes muy quebradas, donde se abren profundas y escarpadas gargantas; por cada una corre un arroyo, tributo de las montañas al piélago salado. El camino va por esos derrumbaderos. A siete de ellos los llaman en el país las siete bellotas. El más terrible de todos es el del centro, del cual desciende un torrente impetuoso. En lo más alto, a muchos cientos de varas de elevación, se alza una escarpada muralla de roca, negra como el hollín; cuando pasamos, un velo de bretima envolvía la cumbre. Esa garganta se ramifica por ambos lados en pequeñas cañadas o valles, tan cubiertos de árboles y tallares, que la mirada no puede penetrar en ellos.
—Estos sitios serían muy buenos para unas ermitas—dije a Martín de Ribadeo—. Aquí podían vivir felices, alimentándose de raíces y no bebiendo más que agua, unos cuantos santos varones, y dedicarse a la contemplación divina sin que el ruido del mundo viniese a turbarlos.
—Es verdad—respondió Martín—, y quizás por eso no hay ermitas en los barrancos de las siete bellotas. Nuestros ermitaños tienen poca afición a las raíces y al agua, y no se oponen a que de vez en cuando interrumpan sus meditaciones. ¡Vaya! Nunca he visto una ermita que no estuviese cerca de algún pueblo rico, o que no fuese un sitio frecuentado por todos los vagos de los alrededores. A los ermitaños no les gusta vivir en estos barrancos, porque los lobos y las zorras acabarían con sus gallinas. Conocía yo a un ermitaño que al morir dejó a su sobrina una fortuna de setecientos duros, ahorrada casi toda cebando pavos.
En la cima de esta bellota había una venta miserable donde descansamos, continuando después el viaje. Ya muy avanzada la tarde salimos del último de aquellos difíciles puertos. El viento comenzó entonces a soplar, trayendo en sus alas una lluvia menuda. Pasamos por Soto de Luiña, y prosiguiendo nuestro camino a través de una región muy agreste, pero pintoresca, nos encontramos al anochecer al pie de una escarpada montaña, a la que se subía por un camino de herradura, a través de un bosque de altísimos árboles. Mucho antes de llegar a la cumbre se hizo de noche; la lluvia arreció. Ibamos tropezando en la obscuridad y llevábamos de la brida los caballos, que a veces se arrodillaban por lo resbaladizo del sendero. Alcanzamos, por fin, la cumbre sin novedad, y con paso vivo llegamos, media hora más tarde, a la entrada de Muros, pueblo grande, situado precisamente al pie de la otra vertiente de la montaña.
Ardía un buen fuego en la posada, y su calor, que no tardó en secarnos los vestidos, nos recompensó, hasta cierto punto, de los trabajos sufridos al escalar las bellotas. ¡Singular paraje aquella posada de Muros! La casa era grande e irregular, con espaciosa cocina en el piso bajo. Escaleras arriba había un vasto comedor con inmensa mesa de roble, rodeada de pesados sillones de cuero muy altos de respaldo, que lo menos tenían tres siglos. Con este aposento se comunicaba una galería o voladizo de madera, abierta al aire, que conducía a un cuarto pequeño, provisto de un lecho antiguo, con dosel y cortinas, donde yo había de dormir. Era una de esas posadas que los novelistas gustan de introducir en sus descripciones, sobre todo cuando los sucesos narrados ocurren en España. El huésped era un asturiano locuaz.
El viento rugía sin cesar y llovía a torrentes. Me senté, soñoliento, al amor de la lumbre, y la conversación del huésped me despabiló.