Embarcados en la lancha, cruzamos la ría, que tendría por allí una milla de anchura, y tomamos tierra en Castropol, primera ciudad de Asturias. Monté entonces en la yegua facciosa y Antonio en mi caballo. Martín iba delante, bromeando con cuantas personas se encontraba, y a veces nos alegraba el camino con sus canciones.
Estábamos ya en Asturias; al mediodía llegamos a Navia, pueblecito de pescadores situado en una ría; en las inmediaciones se alzan, formando semicírculo, unas ásperas montañas llamadas Sierra de Burón. En la rada había un barquichuelo, procedente, según averigüé más tarde, de las provincias Vascongadas, para cargar sidra o sagardúa, la bebida de que tanto gustan los vascos. Cuando íbamos por la angosta calle del pueblo, tres hombres, zapateros al parecer, sentados en una tiendecilla, saludaron a Antonio con un ¡Hola! Detúvose a conversar con ellos, y cuando se reunió con nosotros en la posada le pregunté quienes eran. «Mon maître—dijo—, ce sont des messieurs de ma connaissance.» He sido compañero de servicio de los tres varias veces; y de antemano le digo a usted que en este país apenas hay un pueblo donde no tenga yo un amigo. Todos los asturianos van a Madrid en cierta época de su vida en busca de colocación, y cuando han arañado algún dinero se vuelven a su país. Como yo he servido en todas las casas grandes de Madrid, conozco a la mayor parte de ellos. No tengo nada que decir contra los asturianos, salvo que son tacaños y mezquinos mientras están sirviendo; pero no son ladrones, ni en su país ni fuera de él, y he oído decir que se puede atravesar Asturias de punta a punta sin el menor riesgo de que le roben o le maltraten a uno, cosa que no sucede en Galicia, donde a cada momento estábamos expuestos a que nos cortaran el cuello.
Salimos de Navia y seguimos adelante, a través de una comarca desolada, hasta el puerto de Baralla, en una ingente barrera de granito, desnuda de toda vegetación, aunque desde lejos aparezca de un ligero color verde.
—Este puerto—dijo Martín de Ribadeo—tiene muy mala fama, y no me gustaría atravesarlo de noche. Aquí no hay ladrones, sino algo peor, los duendes de dos frailes franciscanos. Cuentan que en tiempos antiguos, mucho antes de suprimirse los conventos, dos frailes franciscanos salieron de su convento a mendigar. Recogieron muchas limosnas, y cuando al cerrar la noche pasaban por aquí, camino de su convento, disputaron sobre cuál de los dos había recogido más, empeñado cada uno en que había cumplido con su obligación mejor que el otro; al cabo, de las palabras vivas pasaron a los insultos, y de los insultos a los golpes. ¿Qué cree usted que hicieron aquellos demonios de frailes? Se quitaron las capas, haciéndoles en una punta sendos nudos con una gruesa piedra dentro, y se machacaron con tal furia, que ambos quedaron muertos. Yo no sé, mi amo, cuál es peor plaga, si los frailes, los curas o los gorriones.
¡Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos, frailes, curas y gorriones que por ahí van volando, que los gorriones no dejan de trigo siquiera un grano, los frailes se beben la uva que nosotros vendimiamos y los curas tienen todas las mujeres a su mando. Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos!
Dos horas después llegamos a Luarca, cuya situación es singular. Se halla en una profunda hondonada, de tan rápidas vertientes, que no se ve el pueblo hasta que está uno encima de él. En el extremo Norte de la hondonada hay una pequeña bahía, en la que entra el mar por un boquete angosto. Encontramos una posada grande y cómoda; por consejo de Martín buscamos un guía y un caballo de refresco; pero nos dijeron que todos los caballos del pueblo estaban ausentes y que aún tardarían dos días en volver. «Al entrar en Luarca—dijo Martín—tuve el presentimiento de que no estábamos destinados a separarnos ahora. Tiene usted que alquilarnos a mí y a la yegua hasta Gijón; allí ya encontrará usted medio de trasladarse a Oviedo. Hablando con franqueza, no siento lo más mínimo que los guías estén fuera, porque la compañía de usted me agrada, y estoy seguro de que a usted le agrada la mía. Ahora voy a escribir una carta a mi mujer diciéndole que no volveré a Ribadeo en unos cuantos días.» Martín salió del aposento cantando la siguiente copla:
Un manco escribió una carta; un ciego la está mirando; un mudo la está leyendo, y un sordo la está escuchando.
A la mañana siguiente, muy temprano, salimos de la hondonada de Luarca; en una hora de marcha, los caballos nos llevaron a Caneiro, profundo y romántico valle entre peñascos, sombreado por altos castaños. Por en medio del valle pasa un río muy rápido, que cruzamos en bote.
—En toda Asturias—dijo el botero—no hay otro río como éste para las truchas. Mire usted esas piedras grandes del fondo; pues cuando llega su época, si el tiempo es bueno, no se vende tantísima pesca como hay.
Dejando atrás el valle, entramos en una región de mucha piedra, montañosa, lúgubre y agreste. El día, nublado, sombrío, lo entristecía todo en torno nuestro.