¿Qué se le ofrece a usted?—pregunté a un individuo bajo, grueso, de alegre rostro, vestido con una chaqueta de pana y pantalones de lienzo ordinario, que se presentó en mi habitación al obscurecer.
—Soy Martín de Ribadeo—contestó—, de oficio alquilador. He oído que su merced necesita un caballo para ir a Asturias, con un guía, naturalmente; si es así, le aconsejo que me ajuste a mí y a mi yegua.
—Ya estoy cansado de guías—repliqué—; tanto, que estaba pensando comprar una jaca y seguir adelante sin guía ninguno. El último que hemos tenido era un pillo.
—Eso me han dicho, y no ha sido poca suerte para ese bribón que no estuviese yo en Ribadeo cuando ocurrió el suceso a que alude su merced. Al volver, ya se había ido con Perico; que si no, de seguro le sangro. Es la vergüenza del oficio, uno de los más honrados y antiguos del mundo. Al mismo Perico debía darle vergüenza de él, porque Perico, aunque sea una jaca, es persona muy cabal y de gran talento, conocidísima en los caminos. Sólo mi yegua le aventaja.
—¿Conoce usted bien el camino de Oviedo?—pregunté.
—No, señor; sólo le conozco hasta Luarca, que es un día de viaje. No le quiero engañar a usted; por tanto, sólo iré con ustedes hasta ese pueblo; pero quizás podría servirles para todo el viaje, pues si no conozco el terreno, tengo lengua en la boca y pies ligeros para hacer preguntas y correr. De todos modos, no me comprometo más que hasta Luarca, donde ustedes harán lo que gusten. Deseo acompañarles a ustedes porque son extranjeros y la conversación de los extranjeros me gusta: siempre se aprende algo útil o entretenido. Además, deseo que ustedes se convenzan de que no todos los guías de Galicia son ladrones, y se convencerán con que me dejen acompañarles hasta Luarca.
Me chocaron tanto el buen humor y la franqueza de aquel hombre, y, sobre todo, la originalidad de carácter que descubrían sus palabras, que de buen grado le ajusté para que nos sirviera de guía hasta Luarca; cerrado el trato, me dejó, prometiendo venir a buscarme con la yegua a las ocho de la mañana siguiente.
Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia, admirablemente situado para el comercio en una profunda ensenada, donde desemboca el Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia plaza plantada de árboles. Había anclados en la rada varios navíos; la población, más bien numerosa, no mostraba aquella miseria y tristeza que acababa de ver en los ferrolanos.
Al día siguiente, Martín de Ribadeo se presentó con la yegua a la hora convenida. La yegua era flaca y macilenta y tenía poca más alzada que una jaca; pero era muy limpia de remos, y Martín aseguraba que no había otra mejor en toda España. «Esta yegua es facciosa—decía—, creo que alavesa. Los carlistas la trajeron, y como se quedó coja la desecharon y yo la compré por un duro. Pero ya no está coja, como verán ustedes muy pronto.»
Habíamos llegado a la ría que divide Galicia y Asturias. Una barcaza nos esperaba como a dos varas de la orilla. Martín se acercó al agua con su yegua, la animó con un grito, y sin vacilación alguna el animal se lanzó de un brinco a la barca. «Ya les he dicho que es facciosa—dijo Martín—. Sólo un animal faccioso da este salto.»