—Acabo de encontrarla en la calle—dijo—. Su criado la habrá perdido.

Tomé la cincha y me puse a contar muy despacio la cantidad a que ascendía el alquiler del caballo; después de entregársela delante de testigos, dije:

—Durante todo el viaje no nos ha servido usted de nada; sin embargo, ha disfrutado del mismo trato que nosotros, y ha comido y bebido a su antojo: tenía intención de darle a usted dos duros de propina; pero en vista de que a pesar de lo bien que le hemos tratado ha querido usted robarnos, no le doy ni un cuarto; conque váyase a sus negocios.

Todos los presentes aprobaron esta sentencia, y le dijeron que tenía su merecido y que era la deshonra de Galicia. Dos o tres mujeres se santiguaron y le preguntaron si no temía que el Denho, a quien había invocado, se lo llevase. Por último, un hombre de presencia respetable le dijo:

—¿No se avergüenza usted de haber querido robar a dos extranjeros inocentes?

—¡Extranjeros!—rugió el guía, que echaba espuma de rabia—¡inocentes extranjeros, carracho! Más saben de España y de Galicia que todos nosotros juntos. ¡Oh! Denho, el criado no es un hombre, es un brujo, un nuveiro. ¿Dónde está Perico?

Montó en su jaca y se fué en seguida a otra posada; pero la historia de su picardía corrió más que él, y no quisieron admitirlo en ninguna parte; volvió sobre sus pasos, y, al verme asomado a la ventana de la casa, lanzó un grito salvaje, me amenazó con el puño y salió al galope de la ciudad, perseguido por los gritos y los insultos de la gente.


CAPÍTULO XXXII

Martín de Ribadeo.— La yegua facciosa.— Los asturianos.— Luarca.— Las siete bellotas.— Los ermitaños.— Narración de un asturiano.— Unos huéspedes raros.— El criado gigante.— Batuschca.