—¿Cómo es eso?—respondí—. Yo creía que usted y Perico estaban cansados y que pasarían aquí la noche; pronto se han repuesto ustedes del cansancio.

—Lo he pensado mejor—dijo el hombre—. Mi amo se enfadaría si pierdo tiempo aquí. Así que págueme y nos iremos.

—Descuide usted—respondí—. Voy a pagarle, puesto que lo desea. ¿Está completa la montura?

—Sí, señor; se la he entregado a su criado.

—Todo está aquí—dijo Antonio—, menos la cincha de cuero.

—Yo no la tengo—replicó el guía.

—Claro está que no—contesté—. Vamos a la cuadra; quizás la encontremos allí.

Fuimos a la cuadra, y, aunque buscamos mucho, la cincha no pareció.

—La lleva rodeada a la cintura, debajo del pantalón, mon maître—dijo Antonio, cuyos ojos de lince lo escudriñaban todo—. Pero no nos demos por enterados; estas gentes son paisanos suyos y acaso se pondrían de su parte si intentásemos apoderarnos de él. Ya le digo que le tenemos en nuestro poder, porque no le hemos pagado.

El prójimo empezó entonces a hablar en gallego con los circunstantes (se habían congregado varias personas), diciendo que el Denho le llevase si sabía algo de la cincha perdida; pero nadie parecía inclinado a ponerse de su parte, y los oyentes se limitaban a encogerse de hombros. Volvimos al portal de la posada, clamando el guía por el precio del alquiler y la propina. No le respondí, y acabó por marcharse, amenazándonos con acudir a la justicia; a los diez minutos volvió corriendo con la cincha en la mano.