Los moradores de la casa consintieron de buen grado en albergarnos aquella noche. La vivienda era mucho más limpia y cómoda que la generalidad de las miserables chozas de los campesinos gallegos. El piso bajo consistía en una troje y una cuadra; encima había un desván muy capaz con algunas camas de borra limpias y cómodas. Vi también algunos mástiles y velas de botes. La familia se componía de dos hermanos con sus mujeres e hijos. Uno era pescador; pero el otro, que era el principal de la familia, me dijo que había residido muchos años en Madrid sirviendo, y que, reunida una pequeña suma, se volvió al pueblo natal, donde compró un poco de tierra, de cuyo cultivo vivía. Toda la familia hablaba usualmente el castellano, y, según me dijeron, no se habla mucho gallego por aquellas partes. He olvidado el nombre del pueblo, situado en el estuario del Foz, que baja de Mondoñedo. Por la mañana cruzamos el estuario en una barcaza con los caballos, y al mediodía llegamos a Ribadeo.
—Ya ve su merced—me dijo el guía que traíamos desde El Ferrol—que he cumplido mi ajuste y que el viaje ha sido muy duro; espero que su merced nos permitirá a Perico y a mí pasar la noche a su costa en esta posada, y mañana nos volveremos; ahora estamos muy cansados.
—Nunca he montado una jaca mejor que Perico, ni he tropezado con un guía peor que usted. No conoce usted el terreno, y no ha hecho más que buscarnos dificultades. Sin embargo, quédese aquí esta noche, si está cansado, como dice, y mañana puede volverse al Ferrol, donde le aconsejo que se dedique a otro oficio.
Esto se lo dije a la puerta de la posada de Ribadeo.
—¿Llevo los caballos a la cuadra?—preguntó.
—Como usted quiera.
Antonio le miró un momento, según se alejaba con los caballos, y, moviendo la cabeza, le siguió con cautela. Al cuarto de hora volvió sonriente, cargado con la montura de nuestro caballo.
—Mon maître—dijo—, durante todo el viaje he ido formando muy mala opinión del guía; pero ahora acabo de descubrir que si ha pedido permiso para quedarse aquí ha sido con idea de robarnos algo. Andaba muy solícito con nuestro caballo en la cuadra, y ahora echo de menos la cincha de cuero nueva que tanto le llamaba la atención estos días. Ya la habrá escondido no sé dónde; pero le tenemos seguro, porque aún no ha cobrado el alquiler de la jaca ni la propina.
En esto volvió el guía. Los pícaros son siempre suspicaces. El hombre nos echó una ojeada, y notando acaso en nuestros rostros algo que no le gustó, dijo de súbito:
—Déme usted el alquiler del caballo y mi propina; Perico y yo nos vamos al momento.