Al caer la tarde estábamos en las inmediaciones de la costa, con una cadena de montañas cubiertas de bosque a nuestra derecha. El guía nos llevó hacia una ensenada de bordes pantanosos, y a poco se detuvo y declaró que ya no sabía adónde nos llevaba.

Mon maître—dijo Antonio—, lo mejor es que guiemos nosotros mismos; como usted ve, de nada sirve fiarse de este individuo, que sólo sabe meter a la gente en los cenagales.

Volvimos atrás, y dando la vuelta a la ciénaga en un trecho considerable, llegamos a un angosto sendero; nos metimos por él, hasta dar en un bosque muy espeso, donde al instante nos perdimos por completo. Vagamos entre los árboles mucho tiempo; de pronto oímos ruido de agua, y un momento después el fragor de un rodezno. Guiados por el ruido, descubrimos un pequeño molino de piedras construído sobre un arroyo: allí nos detuvimos y llamamos; pero sin obtener respuesta.

—Aquí no hay nadie—dijo Antonio—. Pero este sendero nos llevará, seguramente, a sitio habitado.

Echamos por él, y a los diez minutos estábamos a la puerta de una choza, dentro de la que se veía luz. Antonio se apeó y abrió la puerta.

—¿Hay aquí alguien que quiera llevarnos a Ribadeo?—preguntó.

Senhor—respondió una voz—, de aquí a Ribadeo hay cinco leguas largas, y hay que cruzar además un río.

—Entonces hasta el pueblo más próximo—continuó Antonio.

—Yo soy vecino del pueblo inmediato, que está en el camino de Ribadeo—dijo otra voz—, y les llevaré a ustedes allá si me dan buenas palabras y, lo que es mejor, buenas monedas.

Al decir esto salió de la choza un hombre con un palo grueso en la mano. Echó a andar resueltamente a paso largo delante de nosotros, y en menos de media hora nos sacó del bosque. En otra media hora nos llevó a un grupo de casucas situadas cerca del mar; nos señaló una de ellas, y, guardándose una peseta que le di, se despidió.