La luz del farol cayó sobre las curtidas facciones del guía al volverse para contestar, según estaba un poco por bajo de nosotros en la vertiente del barranco, poblada de gruesos árboles, debajo de cuya bóveda frondosa descendía un sendero de pavorosa pendiente. Me apeé de la jaca, y entregando las riendas al otro guía dije:

—Aquí tienes el caballo de tu amo; llévalo por el despeñadero abajo si quieres; pero yo me lavo las manos en el asunto.

El hombre, sin responder palabra, montó de un salto, y diciéndole a la jaca: ¡Vamos, Perico!, empezó a bajar.

—Venga, senhor—decía el del farol—; no hay tiempo que perder; la luz se va a apagar muy pronto, y estamos en lo peor de todo el camino.

Pensé en la probabilidad de que el guía nos llevase a una cueva de forajidos, donde nos degollarían; pero, cobrando ánimos, me agarré a la brida de nuestro caballo y seguí al hombre aquel por el barranco abajo, entre peñas y zarzas. Duró el descenso unos diez minutos, y antes de llegar al final se apagó la luz y quedamos en casi total obscuridad.

El guía nos animaba diciendo que no había peligro, y al fin llegamos al fondo del barranco, por donde corría un riachuelo. Le vadeamos con agua hasta las rodillas. Estando en el agua, alcé los ojos y vislumbré un pedazo de cielo a través de las ramas de los árboles que por todas partes cubrían las empinadas vertientes del barranco y abovedaban el cauce del arroyo. Jamás viajero descarriado se ha visto en un sitio tan extraño ni de tales lobreguez y horror. Después de una breve pausa, empezamos a escalar la vertiente opuesta, menos escarpada que la otra, y en pocos minutos llegamos a la cima.

Poco después amainó la lluvia, salió la luna, y algunos de sus débiles rayos perforaron la húmeda gasa de la niebla. El camino era ya menos pendiente. A las dos horas descendimos al borde de una vasta ensenada, y la costeamos hasta un sitio donde había muchos botes y lanchas volcados en la arena. Al instante vimos ante nosotros los muros de Viveiro, sobre los que derramaba la luna un débil resplandor. Entramos por una puerta abovedada, alta y, al parecer, ruinosa, y el guía nos condujo al momento a la posada.

Todo el mundo estaba en Viveiro sepultado en profundo sueño; ni siquiera un perro nos saludó con sus ladridos. Después de mucho llamar, nos abrieron en la posada, edificio grande y ruinoso. Apenas estuvimos alojados hombres y caballos, la lluvia comenzó de nuevo con mayor furia que antes, con gran aparato de relámpagos y truenos. Antonio y yo, rendidos de cansancio, nos acostamos en unas malas camas dispuestas en un aposento ruinoso, en el que penetraba la lluvia por una porción de grietas; los guías se quedaron comiendo pan y bebiendo vino hasta la mañana.

Al levantarme, la vista de un día despejado me llenó de contento. Antonio preparó en seguida un sabroso desayuno de gallina estofada, que nos vino muy bien después de las diez leguas de viaje del día anterior por los caminos que he intentado describir. Fuimos luego a dar una vuelta por la población, que consiste en poco más de una calle larga, en la falda de un empinado cerro, muy poblado de bosque y árboles frutales. A eso de las diez proseguimos el viaje, acompañados por el primer guía; el otro se había vuelto a Coisa Doiro unas horas antes.

Aquel día caminamos casi siempre a la vista de la costa cantábrica, siguiendo su contorno. El país era estéril, cubierto en muchos sitios de grandes pedruscos; encontramos, sin embargo, algunos pedazos de tierra cultivada, plantados de viñedo. Vimos muy pocas viviendas humanas; con todo, el viaje fué placentero, gracias al esplendente sol, que alegraba con sus rayos los agrestes yermos y brillaba en la superficie del lejano mar, dormido en apacible calma.