Mon maître—dijo Antonio—, este nuevo tunante le está preguntando al otro qué traemos, a su parecer, en las maletas.

Luego, sin esperar mi respuesta, gritó:—¡Pistolas, bárbaros; pistolas!, como vais a saber a costa vuestra si no dejáis esa jerigonza y habláis en castellano.

Callaron los gallegos, y al instante el primer guía se quedó atrás, mientras el otro abría la marcha, farol en mano.

—Quédate atrás y muy separado—dijo Antonio al primero—. Te advierto, además, que veo lo mismo detrás que delante. Mon maître—continuó dirigiéndose a mí—, no creo que estos individuos traten de hacernos daño, sobre todo porque no se conocen; pero bueno será que vayan separados, porque el lugar y la hora son tentadores para cometer un robo o una muerte.

Seguía lloviendo sin cesar; el camino era escabroso y muy pendiente, y la noche tan obscura, que apenas veíamos la masa confusa de las montañas circundantes. Una o dos veces nuestro guía pareció perder el camino: se detenía, hablaba entre dientes, alzaba en alto el farol y luego seguía adelante despacio e indeciso. De esta manera anduvimos tres o cuatro horas; al cabo pregunté al guía cuánto faltaba para Viveiro.

—No sé a punto fijo dónde estamos—respondió—, aunque creo que no nos hemos perdido. De todos modos, podemos estar escasamente a menos de dos leguas cortas de Viveiro.

—Entonces no llegamos antes de salir el sol—interrumpió Antonio—, porque una legua corta de Galicia equivale lo menos a dos de Castilla, y acaso estamos destinados a no llegar nunca si el camino va por ese precipicio.

Al tiempo que hablaba comenzó el guía a bajar por un barranco que parecía llevar a las entrañas de la tierra.

—¡Alto!—dije yo—. ¿Adónde vas?

—A Viveiro, senhor—replicó el hombre—; éste es el camino de Viveiro; no hay otro. Ahora ya sé dónde estamos.