Pasaco ninsaqueni andic
Maitea icustea gatic.
que significa: Las aguas del mar son vastas, e invisible su seno, pero yo las cruzaré para ir al encuentro de mi amor.
Los bascos son un pueblo cantor más que poeta. A pesar de la facilidad que su idioma presenta para la composición de versos, no han producido nunca un poeta con la más leve pretensión de nombradía; pero tienen muy buenas voces y son excelentes en la composición musical. En opinión de cierto autor, el Abbé d’Iharce[6], que ha escrito acerca de ellos, el nombre de Cantabri, que los romanos les dieron, se deriva de Khantor-ber, que significa suaves cantores. Poseen mucha música original, alguna extremadamente antigua, según dicen. De esta música se han publicado algunos trozos en Donostian (San Sebastián), en el año 1826, editados por un tal Juan Ignacio Iztueta[7]. Consisten en unas marchas rudas y emocionantes, a cuyos sones créese que los bascos antiguos tenían la costumbre de bajar de sus montañas para pelear con los romanos y después con los moros. Al escucharlas llega uno con facilidad a creerse en presencia de un combate encarnizado. Oye uno las resonantes cargas de la caballería, el ludir de las espadas y el rebote de los cuerpos por los barrancos abajo.
Esta música va acompañada de palabras, pero qué palabras. ¡No puede imaginarse nada más estúpido, más trivial, más desprovisto de interés! Lejos de ser marcial, la letra refiere incidentes cotidianos, sin conexión alguna con la música. Las palabras son evidentemente de fecha moderna.
En lo físico, los bascos son de estatura regular, ágiles y atléticos. En general, tienen bellas facciones y hermosa tez, y se parecen no poco a ciertas tribus tártaras del Cáucaso. Su bravura es indiscutible, y pasan por ser los mejores soldados con que cuenta la corona de España: hecho que en gran parte corrobora la suposición de que son de origen tártaro, la raza más belicosa de todas, y la que ha producido los más famosos conquistadores. Son los bascos gente fiel y honrada, capaz de adhesión desinteresada; bondadosos y hospitalarios con los forasteros; puntos todos que están muy lejos de diferir del carácter tártaro. Pero son un tanto lerdos, y su capacidad no es ni con mucho de primer orden, en lo cual se parecen también a los tártaros.
No hay en la tierra pueblo más orgulloso que los bascos; pero el suyo es una especie de orgullo republicano. Carecen de clase aristocrática; ninguno reconoce a otro por superior. El carretero más pobre tiene tanto orgullo como el gobernador de Tolosa.
«Tiene más poder que yo, pero no mejor sangre; andando el tiempo, acaso sea yo también gobernador». Aborrecen el servicio doméstico, a lo menos fuera de su país natal, y aunque las circunstancias les obligan con frecuencia a buscar amo, es muy raro que ocupen un puesto de escaleras abajo: son mayordomos, secretarios, tenedores de libros, etc. Cierto que, por mi buena suerte, encontré un criado basco, pero siempre me trató más como a un igual que como a un amo: se sentaba delante de mí, me daba su opinión sin pedírsela y entraba en conversación conmigo en todo momento y ocasión. Me guardé muy bien de refrenarle, porque entonces se hubiera despedido, y en mi vida he visto una criatura más fiel. Su destino fué muy triste, como se verá más adelante.
Al decir que los bascos aborrecen la servidumbre, y que es muy raro encontrarlos de criados con los españoles, me refiero sólo a los varones; las hembras, por el contrario, no oponen reparos a entrar de criadas. Los bascos no miran, ciertamente, a las mujeres con la estimación debida, y las consideran aptas para poco más que para llenar empleos bajos, lo mismo que en Oriente, donde se las considera como siervas y esclavas. El carácter de las vascongadas difiere mucho del de los hombres. Son muy despiertas y agudas, y tienen, en general, más talento. Son famosas cocineras, y en casi todas las casas importantes de Madrid una vizcaína ejerce el supremo empleo en el departamento culinario.