En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y, agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía, hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el tiempo.

El individuo se había dejado el sombrero encima de la mesa, y se lo envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando aún se estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi balcón.

—Le han tendido a usted una trampa, don Jorge—dijo María Díaz cuando subió de la calle—. Ese corchete no traía más intención que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la cárcel de Madrid.

En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado contra mí orden de arresto[9]. La perspectiva de un encarcelamiento no me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones de todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una prisión como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque en aquel lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones útiles, mientras que en el último el aburrimiento se apodera de mí con frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás hacer una visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder decir algunas palabras de instrucción cristiana a los criminales, y en parte con la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del lenguaje de los ladrones en España, asunto que había excitado en gran manera mi curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir que me dejasen entrar en la Cárcel de la Corte, pero encontré el asunto rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia. Casi me alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para ingresar en la cárcel, no en calidad de visitante, sino como mártir, como víctima de mi celo por la santa causa de la religión.

Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día cuando menos, y burlar la amenaza del alguacil de que me prenderían antes de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para lo restante del día en una famosa fonda francesa de la calle del Caballero de Gracia[10] que, por ser uno de los lugares más concurridos y más elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería el último adonde al corregidor se le ocurriría buscarme.

A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho el lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López.

Oh, señor—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted; el alcalde del barrio, con una gran comitiva de alguaciles y gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a usted, dictada por el corregidor. Han registrado toda la casa, y al no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si le encuentran?

—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted que soy inglés; también se le olvida al corregidor. Préndame cuando quiera, esté usted segura de que se daría por muy contento dejándome escapar. Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino; parece que se ha vuelto loco.

Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que el corregidor abrigase intenciones serias de prenderme: en primer lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo, porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo comparecer acompañado del cónsul de mi país.

—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo.