Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco, mi criado, irrumpió en el cuarto casi sin aliento y agitadísimo, exclamando en vascuence:
—Niri jauna, los alguaciloac y los corchetoac y los demás lapurrac están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos.
Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a mi casa.
—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr. Southern—antes de que podamos intervenir nosotros.
—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me fuí.
Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me mandaron seguirlos a la oficina del corregidor.
Eran dos alguaciles, quienes, sospechando que podría entrar en la embajada o salir de ella, estaban en acecho por las inmediaciones.
Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver a medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y cubrir de improperios en vascuence a los dos lapurrac, como llamaba a los alguaciles.
Lleváronme a la jefatura, donde está el despacho del corregidor, y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con el gesto a tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno a cada lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte personas lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar por su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran: alguaciles, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:
—Entiende los siete dialectos del gitano.