Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla, dijo:
—Es muy diestro; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien como si fuera de mi tierra.
Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado, evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba testimonio en la causa de la justicia.
Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que me llamarían de un momento a otro a presencia del señor corregidor. Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad provecta—perteneciente, empero, al género alguacil—entró en el aposento y avanzó derechamente hacia mí.
—Levántese—dijo.
Obedecí.
—¿Cómo es su nombre?—preguntó.
Se lo dije.
—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—, señor, su excelencia el corregidor manda que le llevemos a usted a la cárcel sin tardanza.
Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme caer al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.