Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por cuyos informes me detuvieron, es decir, el corchete que me visitó en mi hospedaje de la calle de Santiago y se comportó del modo descrito en uno de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de la condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que el individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante, se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné, pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza, la culpa, ciertamente, no es mía.

También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron de importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado. Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de sentido común.

La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la que no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche. A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro, cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la campanilla.

—¿Ha llamado usted, mon maître?—dijo Antonio asomándose a la puerta con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota.

—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese usted quien respondiera a la llamada.

Mais pourquoi non, mon maître?—exclamó Antonio—. ¿Quién va a servirle a usted ahora sino yo? N’est pas que le sieur François est mort? En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto chez mon maître, monsieur Georges.

—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido.

Au contraire, mon maître—replicó el griego. Acababa de ajustarme en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez duros más que su merced; pero al saber que se había usted quedado sin criado, fuí sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba muy entrada la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy.

—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del duque, preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese en debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, caso bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio.

Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más liberal que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición era por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma. Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar nada con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el asunto, fuí objeto de la aversión personal del Gobierno, lo que tal vez no sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad. Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha puesto usted una vez toda la corte en confusión; cuidado, repito. Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.»