—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa agradable padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la libertad de preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra de Dios, me lo impedirán.

—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe.

—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé.

—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y abriendo la boca.

—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de España donde me sea posible entrar.

Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que encontré fué la del clero; por instigación suya el Gobierno adoptaba las medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella, y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad, bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin duda, con la esperanza de aprovechar el espíritu de los tiempos para su medro personal; otros, hay que esperarlo, por convicción, por puro amor a las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época a que me refiero, varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno de ellos debía su puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la Reina Gobernadora, cabeza visible del liberalismo en España. No es de extrañar, por tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se sintiesen dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al progreso del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda que la circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con todo, su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la causa del Evangelio. Recibí incluso un aviso insinuándome que mi visita no sería desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España.

Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco por completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de Mallorca, pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que quizás cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, que de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario de los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado, en Madrid, de suerte que si no era arzobispo de jure era lo que para muchos valía más: arzobispo de facto.

Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, según decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y así una mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad obtuve audiencia: un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado en un banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez: sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si contemplase la mesa que tenía delante.

—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el silencio.

El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con expresión algo equívoca, pero no dijo nada.