—Yo soy el que los Manolos de Madrid llaman Don Jorgito el Inglés. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por propagar el Evangelio del Señor en este reino de España.
El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, pero aún no dijo nada.
—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a hacerle esta visita.
—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito la cabeza, y con ojos de espanto.
—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería grata; como al parecer no es así, me iré.
—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle.
—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un fin tan deseable?
—No—dijo el arzobispo débilmente.
—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría inestimables beneficios a estos reinos?
—No lo sé.