—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta su circulación?
—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la cara.
Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos que en otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado arzobispo de Toledo. Quizás pensaron que no harías provecho ni daño, y te escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la puchera sin miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que te ahogaran en el lecho. La siesta es cosa agradable, cuando no está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta, según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de palidez mortal.
—¿Qué decía usted, don Jorge?—preguntó el arzobispo.
—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo.
—¿Le gustan a usted los brillantes, don Jorge?—dijo el arzobispo, cuyas facciones se animaron—. ¡Vaya! ¡También a mí! ¡Son muy bonitos! ¿Entiende usted de brillantes?
—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése, salvo uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero no lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde brillaba como una estrella. Llamábalo Daoud Scharr, que significa «luz de guerra».
—¡Vaya!—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le gusten a usted los brillantes, don Jorge. Al hablar de caballos me ha hecho usted recordar que le he visto con frecuencia a caballo. ¡Vaya! Qué modo de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el camino.
—¿V.E. es aficionado a la equitación?
—De ninguna manera, don Jorge. No me gustan los caballos. En la Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un modo!