—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen jinete puede sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las mulas, ¡vaya!, cuando una mula falsa tira por detrás, no creo que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un momento, por muy buen bocado que lleve.
Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio?
—No sé—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia el hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de vaciedad.
Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo.
—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece, Mariquita mía, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, ha de esperar a que los obispos y arzobispos liberales acudan resueltamente en su ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo.
—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería tener que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted! ¡Ca! Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de figurarse que les importa algo el Evangelio? ¡Vaya!, son verdaderos curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. ¡Vaya! ¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? ¡A la horca, a la horca!» Conozco a esa familia mejor que usted, don Jorge.
—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo hacer. No se puede vender la obra en el despacho, y acabo de saber que todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías de las diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el Gobierno. Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que relinchan en la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos y llanuras de la polvorienta España. Al campo, al campo. «Camina, avanza prósperamente y reina por medio de la verdad y de la mansedumbre y de la justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.» Caminaré, pues, María.
—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle que, por cada libro que pudiera usted vender en un despacho en la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos baratos, porque en el campo hay poco dinero. ¡Vaya! ¿Sabré yo lo que digo? ¿No soy también de pueblo, villana de la Sagra? A caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra, como usted dice, y casi podía haber añadido que el señor Antonio relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme, torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España.
—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por qué no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca?
—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi consejo, debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones con el señor Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les servirá de mucho. La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se dirigen a un forastero le hablan a gritos y en gallego.