—¡En gallego!—exclamé.
—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los que bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un extranjero. ¡Vaya! No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor cura.
No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante con un arriero un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto Mol.
—Vengo a decirle a usted adiós, lieber Herr. Mañana me vuelvo a Compostela.
—¿Con qué propósito?
—Para desenterrar el Schatz, lieber Herr. ¿Cuál otro podía llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder desenterrar el Schatz?
—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo, le deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas? ¿Le han dado permiso para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado a usted las penalidades que sufrió en Galicia.
—No se me han olvidado, lieber Herr, ni el viaje a Oviedo, ni las siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el barranco. Pero tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas del Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy en coche de mulas, quiero decir, en galera. Tendré toda la ayuda necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado sobre los cuatro Evangelien guardar secreto.
—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted que triunfe en sus excavaciones.
—Gracias, lieber Herr; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, triunfaré!