Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión casi de loco en el semblante, exclamó:

¡Heiliger Gott! Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y a la postre no encuentro el tesoro.

—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se le haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido en una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un tesoro; pero hay cien probabilidades contra una de que no lo encontrará. ¿Qué será de usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las consecuencias serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué gentes está. Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan a sospechar que los han engañado, y sobre todo que se han reído de ellos, su sed de venganza no conoce límites. No crea usted que su inocencia le servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted un impostor, pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde. Devuelva usted esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se lo haya dado. Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase conmigo a la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio entre los lugareños de la ribera del Tajo.

Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza, gritó:

—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El Schatz no está aún desenterrado. Así lo dijo la voz en el barranco. Mañana, a Compostela. Lo encontraré: el Schatz está allí aún; «tiene» que estar.

Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él cosas extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la fábula de Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus exageradas descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la posibilidad de desenterrar en Santiago, con poco trabajo y poco gasto, oro y diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque», para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne, y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la meiga, la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro; numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la meiga. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor horrible y fétido...

Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias al desgraciado suizo resultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le prendieron, arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de las maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran despedazado.

El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos del ridículo. Los moderados fueron censurados en las Cortes por su avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal se esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en Santiago.

—Después de todo, eso ha sido una trampa de don Jorge—dijo un enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad de las picardías que se cometen en España.

Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía: «Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde. Dicen que ha desaparecido por el camino.»