La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué novela se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la historia fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del tesoro de Santiago?


CAPÍTULO XLIII

Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El puente de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo. — Demanda de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el herrero. — La baratura de los Testamentos.

Llegué a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que he desafiado los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a cien grados a la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama. En un lugar que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a mitad de camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la carretera, dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería terreno quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a sus pueblos.

Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos, o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca.

Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un muro de tierra. En el centro está la plaza, uno de cuyos lados lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de las rentas recibía de los arrendatarios y villanos que labraban el término.

El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable, sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al menos potable, dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres, y de esto le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese que sus habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se observan ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre otras, hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de Villaseca atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan en mostrarse en las calles y callejas.

Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes de este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara vez se hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una tradición vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez muy morena, mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos. Así, en pleno siglo XIX, se conserva en España la antigua enemistad de moros y cristianos.

Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente, llegamos a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz. Sabedor de que iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió cordialmente en su vivienda que, como una casa mora auténtica, tenía un solo piso. Era muy espaciosa, no obstante, con patio y establo. Todos los aposentos eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo o piedra; las angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas dejaban pasar un rayo de sol.