Habían preparado una puchera contando con nuestra llegada; el calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía, López punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del labrador español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá ahora.
Acabada la comida, López me habló así:—Señor don Jorge, su llegada a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser los tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del vecino; aquí estamos pegados a los confines del país faccioso, porque, como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en poder de carlinos y de ladrones, y algunas partidas se asoman a menudo por la otra orilla del río. En razón de esto, el alcalde del pueblo y otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y examinar su pasaporte.
—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores.
En diciendo esto, condújome a través de la plaza a casa del alcalde, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna, nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el herrero del lugar, y le llamaban El Tuerto, por la circunstancia de no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y manifestando mi pasaporte, hablé así:
—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como yo soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna, me he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia, que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y también para los de otras personas. Ahora he venido a Villaseca, donde me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las costumbres y leyes de la república.
—Habla bien—dijo el alcalde mirando en torno.
—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo.
—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del taburete en que se hallaba sentado—. ¡Vaya! Es hombre recio y de buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la marca.
Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte al alcalde, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que se negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario.
—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero.